Sábado 17.11.2018

Espejismo y alambradas

Debería pararse el mundo en los ojos de cualquiera de esos jóvenes africanos que ruedan monte abajo y, como si de una roca se tratase, agujerean las alambradas y derriban a los guardianes para ir a parar, alegres y confiados, a un centro de acogida donde esperar una decisión administrativa que, como un en juego maldito, los devuelva a la casilla de salida o los diluye en un peregrinar de casillas sin salida.
Al margen de otras consideraciones, está la que merecen y merecemos como seres humanos que somos, aunque, por nuestros actos, no lo parezcamos. Ellos, felices por llegar a las puertas de su utopía, nosotros por pararlos o defenderlos, qué más da, el acto contiene el mismo grado de maldad e hipocresía. 
Y es que en esta tensión no hay sino derrota, la peor, la de lo humano, la que avergüenza a la humanidad. No se trata de mostrarse más tolerante o intransigente, más realista o idealista, son, como las bestias, hombres en estampida, y como ellas se comportan. 
Y a este lado los esperamos bestiales en nuestras razones y así van muriendo ellos en el intento y pudriéndonos nosotros en la salvaguarda de una realidad envenenada, capaz de crear tales diferencias, y aún más, esos arteros espejismos con que los deslumbramos al extremo de atraerlos a esta locura para después tener que sacrificarlos. No sé bien si para que no los invadan o para evitar que conozcan lo falso de sus naturalezas, y por ellas de nuestra mentira.

Espejismo y alambradas
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