martes 20.08.2019

Cuando el Rey se la jugó. Y se la jugaron

a intervención meteórica del Rey, abogando por soluciones antes que elecciones, tenía forzosamente que provocar reacciones encontradas. De alguna manera, el Rey, a cada paso que da –o no da– se la juega. Y los líderes políticos, con cada decisión que toman, o no toman, se la juegan a la monarquía, incluso, temo, al sistema. 
La semana pasada no ha sido buena para quienes piensan que aquellos que precisamente desean quebrar el sistema deben mantenerse lejos de los asuntos de la gobernación. Porque  concluyó con el anuncio del presidente en funciones, Pedro Sánchez, de que incluirá a los “nacionalistas” (sic), es decir, a los separatistas de Esquerra Republicana y a JxCat, en sus consultas de cara a la investidura. Y eso no me parece un buen presagio de cara al futuro.
Zapatero, el hombre que negoció bien con ETA, me comentó un día que sus guiños a Esquerra Republicana de Catalunya, a la que incluyó en el tripartito de los governs encabezados por Maragall y luego por Montilla, para gran cabreo de Artur Mas, eran un intento de ‘integrar’ a los independentistas en la tarea del Estado. 
Creo, sinceramente, que acertó a pacificar el País Vasco y contribuyó, por el contrario, a avivar los fuegos secesionistas catalanes. Ese Estado que quiso fortalecer se cuarteó, y sigue haciéndolo tras las políticas equivocadas, a mi juicio, de Mariano Rajoy. Y ahora, Sánchez...
Pues ahora estamos, me temo, en lo mismo: declarando imprescindibles a los separatistas (perdón, “nacionalistas” en la expresión de Sánchez, que obviamente quiere minimizar la trascendencia de lo que hace) para que él, Sánchez, pueda ser investido y formar ese ‘Gobierno de progreso’ apoyado por extraños compañeros de cama. 
A saber, un Unidas Podemos irritado con él porque le ha ganado por la mano y se queda fuera de las moquetas ministeriales, una Esquerra capitaneada desde Lledoners por un hombre cuyo afecto al concepto España es el que es, ninguno, y un Puigdemont que es, desde Waterloo, el mayor enemigo de la nación española.
Con esos mimbres difícilmente se fortalecerá la nación, y menos su unidad. Y la Legislatura, si llega a consolidarse, será un desastre que ni lo de la Italia de Salvini. 
Si de algo han servido esos contactos ‘con la sociedad civil’ de Sánchez estos días ha sido para certificar que las dos Españas cada día se alejan más la una de la otra, y temo que, por muy buena voluntad que le supongamos –siempre se la supuse a José Luis Rodríguez Zapatero–, Sánchez está actuando más como pirómano sin querer que como bombero de los grandes males de la patria.
Formar ese ‘gobierno de progreso’ sin haber intentado algún tipo de pacto generoso y ambicioso con otras fuerzas constitucionalistas, que andan como si nada de esto les afectase, encantadas con el ‘más dura será la caída’ de Sánchez, me parecerá un error tremendo. 
Por parte de Sánchez y por parte de Ciudadanos, empeñado en no querer ni siquiera hablar con alguien que, guste o no, tiene siete millones de votos en el zurrón, y también por parte del Partido Popular, atento solamente a la consolidación de su líder en las aguas pantanosas. Cuando el Rey habló de buscar soluciones estoy seguro de que no se refería a ese Gobierno del PSOE con el ‘socio preferente’, que es el mayor abogado de la República, y seguro que se refería menos aún al apoyo de los ‘nacionalistas’.
Sabe bien Felipe VI que un nuevo ‘Gobierno Frankenstein’ rompería las costuras del Estado. Las soluciones que tiene en mente, y que sin duda comenta con sus interlocutores, han de ser otras, obviamente. Y, por su parte, Sánchez también sabe bien que, desde la interinidad, se puede gobernar mucho tiempo, al menos hasta comienzos de 2020; no sé si el delicado equilibrio del Estado, que depende de un golpista preso y de un comisario de policía infame también en la cárcel, aguantará tanto tiempo. 
El nuestro es un país que se inquieta por su futuro y al que solo se le ofrecen nuevas incertidumbres. O quiebras de lo que iba bien, hasta en la Liga de fútbol. Y pensar que la solución está en las inexpertas manos de cuatro señores, cuatro, a los que los ojos de cuarenta y cinco millones de españoles, comenzando por el mismísimo jefe del Estado, miran implorantes...  

Cuando el Rey se la jugó. Y se la jugaron
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