domingo 9/8/20

LA VACUNA

De vez en cuando las páginas de ciencia nos regalan algún titular para la esperanza. Son, no lo neguemos, noticias que nos hacen brillar los ojos durante unos segundos y que normalmente olvidamos a los pocos minutos.

De vez en cuando las páginas de ciencia nos regalan algún titular para la esperanza. Son, no lo neguemos, noticias que nos hacen brillar los ojos durante unos segundos y que normalmente olvidamos a los pocos minutos.

Los avances en medicina suelen sonarnos a chino, más que nada, porque siempre avanzan investigaciones en animales de laboratorio, se especula con que en un puñado de años se obtendrán los primeros resultados y, aún encima, siempre nos vienen dados a cargo de un grupo de rubios de gafas de una remota universidad de mucho más allá de Pedrafita.

Por eso, que esta semana hayamos conocido que el doctor Cacabelos, que cimentó su laboratorio a la sombra del puente del Pedrido, le haya dado una patada en las canillas a ese mal que acaba con nuestras neuronas, el alzheimer, es una muy buena noticia. Al abrigo de las cautelas propias del asunto, de los celos que pueda ocasionar en otros gurús de la ciencia sentados en tronos de cristal o del exceso de esperanza que pueda sembrar en quienes conviven con la enfermedad.

Cierto es que al común de los profanos los espesos artículos publicados en inglés en el boletín trimensual de la sociedad neurológica del Quinto Pino nos dejan como estábamos. Nos tenemos que fiar, por fuerza, de lo que nos cuentan. Pero es también verdad, una gran verdad, una pintada tatuada hace unos días sobre la mesa de una biblioteca, y cuya literalidad no recuerdo –Cacabelos, por Dios, trate de apurar–, pero que venía a preguntarse que pasaría si la vacuna del sida estuviese en la cabeza de alguno de los jóvenes que dejarán de estudiar por los recortes en las becas.

Yo, me van a perdonar, prefiero ser optimista y pensar que en las probetas de nuestros investigadores alcanza el punto de ebullición algo más que humo y vanidades personales. ¿Por qué no? ¿Por qué la solución definitiva a alguna de esas enfermedades hoy incurables no va a brotar junto a los grelos de la comarca de Betanzos?

No perdamos la perspectiva de lo que de verdad importa, más allá de disfraces, cuentas en Suiza o planes generales de ordenación que no consiguen poner orden en nada. El ser humano está condenado a la evolución. Abramos los ojos y esperemos, que escampar, escampará.

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