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Queridos hijos:

El tiempo pasa inexorablemente y los que éramos niños allá por los años 70 y ahora peinamos canas, vivimos situaciones históricas irrepetibles con toda seguridad. Nos consideramos hijos de una dictadura, padres de una democracia y ahora testigos de una “desfeita”. En la dictadura en la que nacimos fuimos educados en unos principios y unos valores propios de la época y de las circunstancias pero, como niños que éramos, no valorábamos la falta de libertades y quizá por ello crecimos felices jugando en las calles en donde nacían grandes amistades y nuestras vidas se desarrollaban bajo el orden y la paz social que las circunstancias políticas imponían. Todo parecía funcionar bien y las familias salían adelante con grandes esfuerzos y una austeridad prodigiosa que nuestros padres edulcoraban para evitarnos sufrimientos. Entonces lo normal era tener cuatro, cinco, seis o más hermanos y la familia era un valor imprescindible en nuestras vidas. Lo cierto es que la dictadura acabó aquel noviembre de 1975 cuando el General Franco fallecía en la cama de un hospital madrileño. El día 20 de aquel mes los españoles nos convertimos en arquitectos para diseñar una España en democracia y en paz. Los españoles querían libertad y paz y por ello, lo mejor de cada uno de nosotros se puso al servicio del país en búsqueda del bien común. Eso sí, arropados por una clase política con una altura de miras que hoy, lamentablemente no existe, frente al talento de aquellos políticos hoy se exhibe mediocridad, los que en su día eran ejemplo de generosidad han sido sustituidos por jóvenes que incorporan un odio impostado alejado de cualquier forma de concordia. En aquel momento nos sentimos protagonistas de nuestra propia historia, caminábamos hacia la democracia sin rencores y unidos. Eran tiempos de consenso, de acuerdos, de diálogo abierto y sincero, de renuncias por ambas partes. Vencedores y vencidos tenían, necesariamente, que ponerse de acuerdo para superar definitivamente los traumas de la guerra civil esa que finalizó hace hoy más de 80 años y que algunos parecen querer reabrir enfrentando a los españoles entre sí con una carga enorme de irresponsabilidad. Personajes como Adolfo Suárez, Felipe González, Manuel Fraga, Solé Tura, Miguel Roca o Santiago Carrillo tuvieron la grandeza de entender que las renuncias nos conducirían a la paz que queríamos, al bien común, a la España de todos y para todos. El entendimiento y la concordia dieron sus frutos y alumbramos la Constitución del 78 que tantos años de paz y progreso nos ha regalado y espero que nos siga dando. El interés general se impuso a los intereses personales o partidistas y este fue, sin duda, el secreto del éxito de aquella gran obra que convertía a España en un Estado democrático, social y de derecho que recoge el texto constitucional. Hoy, más de cuarenta años después del nacimiento de nuestra Constitución, hemos de reconocer que no aprendimos nada de aquella apasionante experiencia. Algunos irresponsables están empeñados en acabar con tantos años de paz y en democracia, en romper todos los puentes, en enterrar nuestra Constitución sin más alternativa que el odio y el enfrentamiento, destruyendo todo sin construir nada. Hoy demasiados políticos no son capaces de hablar entre sí, son capaces, sin embargo, de insultarse y de mentir con descaro. El asunto es tremendamente serio y donde hubo ilusión ahora solo hay incertidumbres, temores e inseguridades. Queridos hijos, tomad nota de lo que hicimos bien y no caigáis en nuestros errores, convencido de que sois mejores que nosotros, os pido perdón por la España que os estamos dejando.

Queridos hijos:

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