Los groseros salen del armario

Hubo un tiempo en que los zopencos, los ignorantes, los groseros y los maleducados, mostraban algo de contención en público. Como decía Jacinto Benavente: “la verdadera educación se demuestra, cuando se pierde la educación”. Es cierto que, cuando nos enfadamos, o cuando perdemos una partida de cartas, no mostramos nuestra más exquisita cortesía. El sensible e inteligente premio Nobel de Literatura fue un homosexual, que no salió del armario -prudente decisión- porque vivió a caballo del siglo XIX y del XX, en un ambiente social en que estas circunstancias se llevaban con discreción.


Uno de los aspectos positivos que ha traído el siglo XXI ha sido acabar con la hipocresía de la orientación sexual, y permitir que cada uno se muestre cómo es, saliendo del antiguo armario.


Sucede, sin embargo, que así como existen circunstancias personales que es positivo que no se escondan, hay otras, en las que sería mejor para la convivencia social que los que las padecen intentaran disimular un poco más, aunque supongo que les supone un enorme esfuerzo. Me refiero a la grosería, la zafiedad y la rudeza, unida a la ignorancia, la tosquedad y la mentecatez.


Una de las pocas cosas en las que acertó Marx fue que “la moral dominante, en una sociedad, es la de la clase dominante”. Nunca imaginó que, en las democracias burguesas, formarían parte de la clase dominante partidos políticos de ideología marxista. Tampoco los conservadores se censuran mucho, y estamos asistiendo a una salida del armario de los zopencos en tropel, dando ejemplo y estimulando un ataque de sinceridad en amplios sectores de la sociedad.


Estos zafios, como enmaridan su analfabetismo con su zoquetería, cuando se encuentran sin argumentos califican al contrincante como fascista, o facha, o nazi, o genocida, sin conocer muy bien su significado. Antiguamente, en los pueblos, cuando dos chicas de escasa cultura discutían, había un momento estelar en que una de ellas llamaba a la otra puta.


Ahora, los políticos no tienen paciencia y tiran del insulto al segundo minuto. Es molesto, desde luego, pero hemos ganado en claridad. Ver a tantos brutos sin disimular me parece positivo para observar el alto porcentaje de tarugos con los que contamos. Esto sí que ha sido un ejemplo de transparencia política.  

Los groseros salen del armario

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