“Los políticos y gobernantes pugnan por alcanzara la nueva normalidad, aunque reconocen que la pandemia todavía no finalizó”

La chica alta 2 arranca con un monólogo. Los protagonistas son lo más remoto que imaginamos a los protagonistas de una comedia romántica de instituto: una chica muy alta y un chico muy bajito; la i y el punto. Nos empiezan a contar un resumen de su relación en la primera película, los dimes y diretes hasta acabar juntos y el punto en el que se encuentran en este momento: felices para siempre. Por supuesto, tal punto de partida se va a ver en jaque durante los 90 minutos y calderilla que dura la cinta. El origen del conflicto, pues el que puede justificar una secuela: un distanciamiento porque hay un escalón de fama entre ambos, el mismo que el físico. La chica alta se está haciendo popular y el chico bajito, pues no.


Esta película es otro ejemplo de esa estrategia videoclub de Netflix de la que les he hablado tantas veces. Netflix sabe que el espectador medio, el que suma los grandes números, está en una actitud completamente distinta en casa de lo que estaría en un cine. Y sabe que hay ciertos géneros y no solo géneros, sino maneras de abordarlos, que siempre tendrán ojos a priori. Las comedias de instituto, evidentemente, son una de ellas.


Pero a este ingrediente genérico, Netflix le añade, casi en cualquiera de sus contenidos, un componente de diversidad que, en realidad, es de posicionamiento político. Cualquiera que haya vivido mínimamente la era de Twitter (y quien no la haya vivido, posiblemente, sea más feliz) sabe que hay una guerra enconada entre dos bandos sociales: uno conservador y otro progresista; como en la política, vaya. Pero el terreno más encarnizado en el que se libra esa batalla es el de la diversidad, en defender un pensamiento utópico con el que parece difícil no estar de acuerdo: que todos somos iguales.


El problema surge de aterrizar esa idea. ¿Cómo llamarnos iguales? ¿Cómo reflejar, de manera narrativa, este ideal? ¿De dónde surgen las fuentes de comedia y de conflicto cuando hay que renunciar a un clásico abanico que caía, digámoslo claramente, en ridiculizar o estigmatizar un defecto, raza, ideología… Cuando vemos una comedia como La chica alta 2 nos enfrentamos a lo difícil que es aterrizar estas ideas en algo, en teoría, sencillo, como el género del romance en instituto. El estigma sigue ahí como motor de la trama. La chica alta, desde su título, habla del estigma y justifica centrar el foco narrativo ahí porque lo que se nos va a contar, evidentemente, es una historia de superación. Por supuesto, a la hora de plantear los romances de esta chica alta nos encontramos con todo el abanico racial posible para reforzar la diversidad. Son institutos ideales, utópicos, donde todos los roles que pueden cumplir los chavales de esa edad están ocupados por un crisol de razas.


Pero piénselo un momento. Titular La chica alta sería lo mismo que titular El chico negro, La gorda o El enano. Es decir, definir a su protagonista por ese defecto, a ojos de los demás, que lo hacen diferente. Es obvio que los otros títulos nos ofenden a priori y que el de La chica alta, de momento, no.


Sumemos otra reflexión a este intento de llegar a ese ideal, y creo que es ideal para todos (incluso de la gente que tiene muy arraigados sus prejuicios; sabe que esa máxima es verdad), del “todos somos iguales”. Volvamos a mirar a La chica alta. ¿Cómo es la situación familiar de sus protagonistas? Pues, en todos los casos, de bonanza económica. ¿Cuál es la meta de estos chavales? Cumplir sus sueños; y los cumplen. Esa es, de manera encubierta, la mayor discriminación de todas. El éxito. Lograr lo que uno se propone. Cosa que consiguen, y esto lo sabemos cualquiera de nosotros, una cantidad ínfima de la población. Y eso crea, a mi juicio, un tópico aún más destructivo que el de la belleza ultraterrena que siempre hemos vivido en la era de las imágenes.


Crea el tópico de que si no has logrado tus sueños, si fracasas, tu vida ha de verse desde una óptica negativa. Crea la impresión de que el que solo logra sobrevivir, disfrutar de su familia, y sacarla adelante no ha hecho lo suficiente; ya no digamos del que se hunde y se sale del sistema.


Es más difícil ver esas ideas negativas que el hecho de hacer a una chica alta protagonista de una comedia romántica. Pero creo que esta presión de escrutinio sobre cada decisión creativa que toma una historia para que sea, universalmente, buena, no se sostiene en ninguno de los casos planteados. Y, a la vez, creo que es necesario intentarlo, por algo que me dijo una vez un brillante escritor: “Si tienes problemas con ver a alguien que no es como tú en la ficción, imagínate cuando salgas a la calle. 

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