viernes 15/1/21

Los agentes que convierten la red en una trampa para ladrones

El Ideal Gallego-9999-99-99-999-1f65d9b6

    reportaje de abel peña  .

En el fondo, todo el trabajo policial se basa en el mismo principio: encontrar un rastro y seguirlo. En el mundo real, hay huellas dactilares, ADN, imágenes de cámaras de vigilancia y testigos. En el mundo digital, los agentes que forman parte del Grupo de Delincuencia Económica y Tecnológica de la Brigada de Policía Judicial han aprendido a arreglárselas sin nada de todo esto y ni siquiera lo echan de menos.

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    reportaje de abel peña  .

En el fondo, todo el trabajo policial se basa en el mismo principio: encontrar un rastro y seguirlo. En el mundo real, hay huellas dactilares, ADN, imágenes de cámaras de vigilancia y testigos. En el mundo digital, los agentes que forman parte del Grupo de Delincuencia Económica y Tecnológica de la Brigada de Policía Judicial han aprendido a arreglárselas sin nada de todo esto y ni siquiera lo echan de menos.

“Hay algo que siempre deja rastro y es el dinero. Eso es lo que hacemos: seguir el dinero, porque va viajando de una cuenta a otra hasta que sale en algún sitio”, explica Santiago Reboyras, el inspector jefe del grupo.
Siguiendo ese rastro fue como consiguieron concluir la “Operación Rius”, que desarticuló una trama que se dedicaba a la estafa bancaria y que había conseguido hacerse con 2.950.000 euros de varias entidades financieras. A raíz de estas investigaciones se practicó la detención de dos personas en Girona. Reboyras se siente especialmente satisfecho de esta operación, que concluyó en octubre, por la cantidad de dinero implicada. “Lo que hacían eran solicitar dinero a través de cuentas on line que habían sido preconcedidas antes de la crisis. Ahora eso sería imposible, claro, pero cuando se abrieron esas cuentas no, y se aprovecharon de ello”.  
Se estima que la organización criminal hizo uso de un total de 362 identidades distintas, con sus correspondientes domicilios, números de documentos de identidad, teléfonos y toda una serie de información con la que luego consiguieron estafar a varias sociedades financieras. Además de la complicaciones que supuso desenredar esta trama, está el tiempo: dos largos años. Y que acabara en Girona, en el fondo, fue una suerte.

Internacional >  “Hay que tener en cuenta que cuando un crimen se comete en internet la persona responsable puede estar en cualquier país, desde Rumanía a Estados Unidos –hace notar Reboyras– y eso significa que los tiempos de respuesta se alargan, porque tienes que contar con las autoridades locales y dependes de ellas para cosas como montar una vigilancia. Aunque tenemos organizaciones como Europol o Interpol que nos ayudan mucho”.
A Reboyras le gustaría que las víctimas también colaboraran un poco, no poniéndoselo tan fácil a los delincuentes. En muchos casos, tiene que reprimirse para no suspirar: “Aquí lo que hace falta es mucho sentido común. La gente va por ahí poniendo información sensible al alcance de cualquiera y luego se extraña de que se hayan apoderado de su perfil de Facebook o de que hayan entrado en sus cuentas bancarias”. Y por información sensible, el inspector lo entiende todo: fotos, dirección o cualquier dato personal. “A veces ni siquiera tienen antivirus en su ordenador o tienen la misma contraseña para todo y siempre les pongo el mismo ejemplo: ¿Dejaría la puerta de su casa abierta? Pues con su ordenador pasa lo mismo”, añade. La tensión del responsable del grupo tecnológico aumenta cuando alguien le explica que respondió a un supuesto correo electrónico del banco que le pedía su número de cuenta o que abonó por anticipado una fianza de un piso que solo había visto por internet. “Hay que pensar un poco las cosas. ¿Por qué el banco me va a pedir información que ya tiene?”, se pregunta Reboyras.

En aumento > El auge de internet y la posibilidad de acceso desde fuera del hogar que suponen las terminales móviles como el Iphone o el Tablet  ha aumentado el trabajo del Grupo de Delincuencia Tecnológica, pero “no en la misma proporción”.  También ha aumentado la variedad: pornografía infantil, “grooming” (relaciones eróticas on line con un menor), ciberacoso... La lista es larga, pero en algunos aspectos las cifras mejoran. Por ejemplo, ha disminuido de forma significativa el “phishing”, que consiste en enviar correos fraudulentos con la esperanza de “pescar” claves bancarias. En cambio, de otros delitos el inspector espera que suban, como el que convierte a las víctimas en “muleros” cuando reciben una falsa oferta de trabajo que consiste en mover dinero (que resulta ser robado) hasta su cuenta y luego enviarlo por correo ordinario. “Ofrecen buenos sueldos y ahora, con la crisis, la gente cada vez está más desesperada por la falta de trabajo”, explica el jefe del grupo.
A ellos, de momento, no les falta. Ganas, tampoco: “hasta trabajas fuera de horario cuando estás en un caso, porque si estas en esto es porque te gusta. A mí me resulta emocionante”. Es una pasión que puede resultar tan difícil de comprender como los conceptos informáticos para el lego en la materia. Y como la fase de instrucción es crucial para un caso, los policías del grupo incluyen en sus informes una explicación de términos I.P., spam, virus o troyanos. A fin de cuentas, que sus señorías sepan latín no les cualifica más que al resto del público para enfrentarse con las complejidades del lenguaje digital, aunque parezca tan fácil a simple vista como el lenguaje binario de ceros y unos.

 


 

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