Las sardinas sin espinas, pofavó

hale, ya pasó el San Juan, tanto para los que lo adoran como para los que lo detestan; para los que les supone un día especial y para los que le supone un día especialmente molesto. Imagino que a los que les gusta el desmadre padre estarán encantados de poder pasarse de la raya sin llamar mucho la atención entre tanta pasada de raya. 


Allá por la prehistoria, en tiempos de los “boomers” –cincuentones y sesentones, para entendernos–, la gracia estaba en conseguir madera como fuese. Los chavales se afanaban quince días antes pidiéndola por las casas, tiendas, almacenes… El caso era hacer la “lumerada” –que así se llamaban, en castrapo– más grande que los del barrio o la calle de al lado. Con eso, deshacernos de todo lo que nos estorbaba en casa y saltar la “lumerada” hasta que no quedasen ni ascuas, estábamos contentos. No hacía falta ni alcohol ni –que yo recuerde– sardinas; sería porque era un barrio pobre y no estaban los tiempos para dispendios. Ahora nos protegen tanto que hasta nos proporcionan la madera limpia de tóxicos, tenemos un extintor y un “gran hermano” en cada esquina para cuidarnos –o multarnos, que también– y dentro de nada nos obligan a asar las sardinas sin espinas, por si las ídem. sardinas en la parrilla| foto: quintana

Las sardinas sin espinas, pofavó

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