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A Coruña

Ramón Santos, de La Crisálida | “Atesoramos un conocimiento popular que no se aprende en otro sitio, solo en estos comercios”

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Hace unos años, Ramón Santos se hizo con el traspaso de un negocio con ocho décadas de historia, la mercería La Crisálida, en pleno corazón de San Andrés. La viralizó a través de las redes sociales y se acabó convirtiendo en una suerte de imagen de la resistencia del comercio local, no solo a nivel herculino. Ahora, ha plasmado estos años, desde que se puso al frente de La Crisálida, en un libro, ‘Entre botones e hilos’ (Espasa), cargado de anécdotas y detalles desconocidos.

¿Cómo ha surgido esta nueva aventura?

Pues parece mentira, pero llevo un año ya con la aventura (ríe). No es que haya surgido de la nada, llevo un año con entregas mensuales a la editorial. Fue una propuesta de Espasa y dije que sí. Creía que iba a ser más sencillo, pero al final fueron muchas horas. Es lo que tienen los libros, hay que mimarlos, pero esta historia, que en principio es algo pequeño, la historia de un comercio, se convierte en algo grande y fructifica en un libro que quedó muy bonito.

¿Era la primera vez frente al folio en blanco?

No era la primera vez que escribía. Como aficionado sí que escribía algo, pero un libro grande, con estructura y demás, nunca había hecho algo así, es mi primera vez (sonríe).

Ya en la primera página dice sentirse en la mercería como si fuese bibliotecario en Alejandría.

(Ríe). Sí, sobre todo esta, porque tiene mucho simbolismo. Cuando cogí el traspaso, había una sensación como que aquí dentro, en el almacén, llevaba muchos años encerrada una mercancía, conservada y custodiada. Es un poco simbólico, atesoramos un conocimiento popular que no se aprende en ningún sitio, que solo existe en este tipo de comercio y que, cuando cierran, se pierde y nadie acoge. Por eso el motivo del libro también.

En el libro hace gala de sus recuerdos de todo el traspaso y lo que es ponerse al frente de La Crisálida. Haciendo este ejercicio de nostalgia, ¿hay algo que hubiese cambiado de estos últimos años?

Sí, casi todo, en realidad (sonríe). No ha sido fácil escribir un ensayo sobre mi propia vida, mi historia y, sobre todo, sobre algo que me ocurrió en muy poco tiempo. Descondensar todas esas cosas e intentarlo narrar, que fuese creíble y literario, no fue tan fácil. Pero sí, ahora que me paro a pensar en cómo hice todo, hay cosas que cambiaría, muchas que hice mal como empresario novato.

Precisamente, cuenta que, en el momento del traspaso, el negocio no tenía licencia.

No había licencia (ríe). Pecas de ingenuo. Estaba sin licencia. Es una actividad inocua, no pasa nada, pero claro, lo más básico, pues no lo había (ríe).

Cuenta también que ha llamado la atención de medios a nivel nacional e incluso en Argentina. Se ha convertido en una suerte de icono de la resistencia del comercio local.

Es una pasada (ríe). En Argentina como que hay un nexo emocional. No me considero símbolo (ríe), pero sí que hemos tenido mucha repercusión. Somos la noticia amable del día, eso mola (sonríe).

Lleva el día a día de la mercería, atiende la página web, las redes sociales y ahora, además, ha escrito el libro, ¿de dónde saca el tiempo?

Pues mira, el tiempo se saca con equipo, ahora mismo somos siete personas trabajando en la mercería. Se saca tiempo teniendo empleados y yendo bien el negocio, sino sería imposible. Pero sí que es verdad que para el libro robé horas al sueño, no había de otro sitio. La gestión de la tienda, las redes, eso más o menos está incluido en el día a día, en la rutina diaria, las redes roban menos tiempo del que parece. El libro es otra cosa (ríe).

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