Un presidente feliz

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Cuando nos permitimos unos días de vacaciones solemos decir eso de “voy a desconectar”. Es una especie de mantra que en el caso de esta humilde periodista nunca se cumple. Esto de ser periodista es una adicción hasta el punto de que no pude resistirme a ver y escuchar en directo la intervención del presidente haciendo balance del curso político. Las personas que me rodeaban, manteniendo la correspondiente distancia de seguridad, me miraban con cara de asombro. Al menos a mí me pareció que así era, pero me resultó imposible “desconectar”. No me lo podía perder...


Vi y escuché a un presidente feliz. Satisfecho consigo mismo, salvo por el dolor que, al parecer, le produce una oposición que grita, según explicó en EE.UU. Realmente, si no fuera porque, según el presidente, Casado no cumple la Constitución, Sánchez no cabría en sí de satisfacción por sus aciertos que, a tenor de su disertación, han sido todos.


Que el lehendakari Urkullu pusiera precio –ya cobrado– a su presencia en la Conferencia de Presidentes, o que Aragonés ni fuera ni se le esperaba pese a que su consejero de Economía, Giró, no ocultaba su satisfacción por los dineros conseguidos, son cuestiones muy marginales. Para eso está la España multinivel que el PSOE se ha inventado en el último momento. Ni federal, ni confederal, no, multinivel, término éste que dudo exista en el diccionario político al uso, y que tengo para mí que ni la mismísima Adriana Lastra sabría explicar en qué consiste exactamente salvo para justificar claros desniveles entre territorios.


Vi a un presidente feliz que repitió una y otra vez su vocación por el diálogo, convirtiendo lo que no deja de ser un método, un instrumento propio de la democracia, en un objetivo del que se salva el líder del PP. ¿Para qué hablar con él si no cumple la Constitución? Cabe preguntarse, entonces, ¿por qué dialogar con Aragonés si su partido ya la ha incumplido?


No está claro que los grupos que conforman la mayoría que sostiene al Gobierno puedan ratificar esa vocación por el diálogo. Se enteran en el último minuto de los decretos para los que el Ejecutivo pide apoyo, y los presidentes autonómicos reciben horas antes de su reunión en Salamanca un documento de dos párrafos. Claro, que, en este último caso, el presidente viajó a la ciudad castellanoleonesa con la carta en la manga de una importante remesa de vacunas para el mes de agosto. Naturalmente, esto lo sabía con antelación, pero se trataba, una vez más, de dar la sorpresa y titulares. Siempre lo consigue.


Lejos de criticar su felicidad, la entiendo. Mientras quienes les apoyan sólo pidan dinero, sólo le critiquen en la tribuna del Congreso y a continuación, le apoyen, ¿qué motivos tiene nuestro presidente para estar triste?


Se acaba la intervención y las preguntas de mis compañeros. Cierro mi iPad. Un señor se me acerca: “Perdón si le molesto pero veo que la política le interesa”. Si, es que soy periodista, le respondo. “Le sugiero que lea La Política de Aristóteles”. Naturalmente, ahora sí que sí, he renunciado a desconectar. Aristóteles me espera.

Un presidente feliz