La caída de Redondo

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En términos de poder lo más significativo de la remodelación del Gabinete ministerial ha sido la defenestración de Iván Redondo, gran valido de Pedro Sánchez. Medida en parámetros políticos su caída no supone un cambio de rumbo en la línea seguida hasta ahora por el Gobierno, ése giro, en sintonía con Bruselas, se deriva más del ascenso de Nadia Calviño a la Vicepresidencia Primera.

Dentro y fuera de España la figura del valido tiene mucha historia, un hombre que consigue acaparar tanto poder que se crea enemigos en su entorno y la suspicacia de su protector. Los de aquí acabaron mal. El más famoso, el conde-duque de Olivares, murió desterrado y don Rodrigo Calderón acabó en la horca.

Los tiempos cambian pero no la ambición de los hombres cuando su posición en el poder les provoca mal de altura. De Iván Redondo se dice que quiso llevar su enemiga con Carmen Calvo más allá de la lógica: le habría pedido a Sánchez la cabeza de la ilustre egabrense y también su encomienda. Quiso llegar a lo más alto después del jefe y este debió percatarse de que quien se jactaba en privado de manejar los hilos del Gobierno quizá pretendía ir todavía más lejos. El caso es que Redondo tenía enemigos en el seno del Ejecutivo –puenteaba a los ministros– y no teniendo ningún amigo en la cúpula del PSOE a cuyos dirigentes ninguneaba -como muestra la errática campaña de las elecciones autonómicas de Madrid en las que el partido se dio un tortazo descomunal- su caída no ha sido llorada por nadie de la parroquia socialista.

Si acaso por el conglomerado ministerial de Podemos –una suerte de aldea gala en el seno del Gobierno– porque Redondo era compadre de Pablo Iglesias, el ausente que mueve los hilos en la sombra de la tribu morada. Ellos dos fueron quienes consiguieron los apoyos parlamentarios que permitieron a Sánchez ganar la moción de censura que le abrió las puertas de La Moncloa.

Por Maquiavelo sabemos que el pecado de los príncipes –entre otros– es la ingratitud. Redondo que llegó muy alto encumbrando a Pedro Sánchez a quien hace apenas un mes hacia profesión pública de lealtad manifestando estar dispuesto a tirarse por él a un barranco debió pensar que ya era su amigo olvidando que los políticos no tienen amigos, solo intereses.

La caída de Redondo