Lo bueno conocido

|

Los menores de 60 años que están eligiendo mayoritariamente el inyectable de AstraZeneca como segunda dosis para completar sus pautas de vacunación, le han dado la vuelta al adagio que asegura que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer: pese a que el Ministerio de Sanidad recurre a los más bajunos e intimidatorios ardides para convencerles de que lo bueno por conocer es el pinchazo con Pfizer, los vacunables indentifican lo bueno, por pura lógica, por instinto y por seguir el consejo de los expertos en la materia, con la vacuna de Oxford, pues nada malo les sucedió en su primer encuentro con ella, sino antes al contrario. Nombrada “la vacuna de los pobres”, acaso porque es la única que se vende a precio de coste, entre dos y tres euros la dosis frente al dineral que cuestan “las buenas” (entre 15 y 30 euros), por haber sido desarrollada por un organismo público sin ánimo de lucro, la AstraZeneca, llamada a ser por su precio y por su fácil conservación y distribución el principal recurso del Tercer Mundo contra la pandemia, carga con el estigma derivado del desprecio que todo lo humilde y lo pobre inspira en un mundo donde dios es el dinero, carga también con la mala imagen generada por los errores propios y ajenos, y, desde luego, con el efecto de las campañas orquestadas en su contra desde los despachos que defienden intereses más o menos espúreos.


Demasiado peso lastra, en efecto, el camino de la vacuna de la Universidad de Oxford, pero no el suficiente para que el 90% de los llamados a recibir la segunda dosis hayan dejado de reconocerla como buena, como buena conocida, ignorando su estigma y eludiendo el reclamo de una mezcla con Pfizer que se publicita como Bálsamo de Fierabrás, como canela en rama y como oro molido, todo junto, pero carente, en la realidad, del refrendo de los estudios científicos en profundidad que avalen la veracidad de esa hiperbólica propaganda.


Sin embargo, lo que probablemente ha terminado de convencer a la gente de perseverar en lo bueno conocido ha sido la estúpida artimaña de intentar frenar esa mayoritaria elección desempolvando la noticia de sus rarísimos peores efectos secundarios. La gente puede parecer a veces, a tenor de muchas de las cosas que hace, tonta, pero no lo es, o no tanto como para no saber discernir entre lo bueno conocido y lo no se sabe qué por conocer.

Lo bueno conocido