¿Indultos inevitables?

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La España bismarckiana encuentra un nuevo motivo para dividirse en dos: los indultos, claro está. Lees algunos medios y tienes la sensación de que esta medida es casi inevitable. No lo es en absoluto, y, en estos momentos, me arriesgo a apostar más bien contra la concesión de indultos por parte del Gobierno, aunque ‘algo habrá que hacer para suavizar tensiones con la Cataluña independentista’, como me dijo ayer un socialista relevante.


¿Se atreverá Sánchez a desafiar al Supremo y a cerca de un 80% de los españoles de fuera de Cataluña concediendo, sin más, los indultos a Junqueras y a sus siete compañeros? No lo creo, aunque veremos. Porque Sánchez e Iván Redondo, que son los cabezas del pelotón, ya han mostrado hasta la saciedad que aman el riesgo, quizá porque siempre han salido con bien del peligro. Pero esta vez el peligro es mayor.


Pienso que, a última hora, se impondrá la sensatez de no arremeter contra un escrito judicial. Porque hay otras soluciones al margen de declarar la guerra a los inquilinos de Las Salesas. Y a buena parte de la opinión pública, a una oposición que también adora la batalla cruenta, y a un sector del propio PSOE. Que ya se ve que en el socialismo hay gentes relevantes, como Guerra o González, o García Page a los que disgustaría no poco ese “gesto de valor” del torero Sánchez, situado en la ‘porta gayola’ de decidir unilateralmente sacar de Lledoners a los políticos presos allí aún residentes . Y digo yo: ¿por qué no contempla Sánchez un acercamiento a la oposición para proceder a una reforma legal en el Código Penal, del artículo 544 y siguientes, referentes a la sedición? A los técnicos del PP les iba a ser muy difícil argumentar en contra de que la sedición, como por otra parte la rebelión están mal definidas y peor tipificadas en el Código. Quizá demasiada severidad, acaso un excesivo aroma de pasado que se entronca en el golpismo del siglo XIX.


Claro que, para eso, Sánchez tendría que llamar por fin a La Moncloa a Casado, darle alguna satisfacción como convocar el debate sobre el estado de la nación, amainar esas brocas en las sesiones de control parlamentario. Porque esas broncas, y han de entenderlo de una vez tanto Sánchez como Casado son pésimas para la marcha del Estado. El mejor éxito para el independentismo irredento sin remedio sería que, a cuenta de los indultos, se abriese una nueva fractura y se acelerase el camino hacia ese barranco por el que Redondo nos dijo que estaba dispuesto a tirarse.


Alguien debería reflexionar sobre la necesidad de cambiar el rumbo de las cosas y, en lugar de utilizar el tema de los indultos para dar cada vez más cancha a Esquerra, el aliado tácito y poco deseable, aprovechar para lanzar un mensaje a los catalanes y al resto de los españoles: España unida tiende una mano hacia la conllevanza orteguiana con la autonomía catalana.


Es preciso mostrar que España, con su Gobierno central y su principal oposición a la cabeza, está dispuesta a emprender reformas que, sin duda, acortarían la estancia de los presos en la cárcel pero que también serviría como advertencia contra nuevos anhelos golpistas. Un indulto sentaría un precedente, casi una jurisprudencia, que sería casi un acicate contra nuevas tentaciones de repetir los desmanes de octubre de 2017. Si se repitiesen aquellos actos, los tribunales y la prisión seguirían ahí, aunque las sentencias fuesen, en virtud de la reforma penal que preconizo, más leves y proporcionadas. Porque el Estado, y esto no debe ser una utopía, es firme y fuerte, pero también generoso. E igualmente, quiero creer, imaginativo. Aunque eso habrá aún que verlo.

¿Indultos inevitables?