Descarrilar sin haber arrancado

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Las revoluciones no suelen ser bien recibidas. Ejemplos hay a cientos en las pequeñas y grandes historias personales y sociales. Necesitan un tiempo para asentarse, limar disfunciones iniciales y cerrar las heridas que toda ruptura produce.


Pero lo que ya resulta del todo sorprendente es que hayan sido los propios promotores de la pretendida insurrección o motín quienes en horas veinticuatro se apeen del tren que ellos mismos acababan de poner en marcha. Un poco surrealista todo.


Es lo sucedido con el proyecto de la Superliga de fútbol: que de los iniciales doce grandes clubes promotores no ha quedado casi ni el apuntador. Muchos de ellos han ido retractándose y autocontradiciendo. Parecen haber descubierto de la noche a la mañana la fuerza de un elemento consustancial a todo deporte de masas cual es la pasión del aficionado por los colores de su equipo, que a la postre ha venido a ser decisiva y decisoria. Propietarios y Directivas podrían haberlo advertido antes de echar a andar.


El nacimiento de la Superliga al margen de las grandes estructuras internacionales como son UEFA y FIFA buscaba la gestión directa por parte de estos clubs –o empresas- de sus derechos audiovisuales y comerciales para multiplicar ingresos con la disputa entre ellos de un buen paquete de partidos atractivos.

La Champions, sucesora de la gloriosa Copa de Europa, resulta pequeña. En una competición que se inicia en agosto, los grandes encuentros vienen quedando muy para el final y se pueden contar con los dedos de la mano. No satisface ni a clubes ni a aficionados.


Si en la temporada 2019-20 los doce equipos fundadores de la Súper sumaron unas pérdidas de 800 millones de euros, el impacto económico de la que está en su recta final, jugada sin público ya desde el inicio, será inevitablemente aún mayor. La Asociación de Clubs Europeos (ECA por sus siglas en inglés) ha adelantado una pérdida estimada de 5.000 millones de euros. Según Florentino Pérez, el gran patrón del Real Madrid, el club blanco habrá dejado de ingresar en esta temporada en torno a los 400 millones sobre lo presupuestado.


¿Y ahora, qué? Expertos consultados coinciden en señalar que aun en el improbable caso de que la Superliga se sobreponga al fulminante supergolpe sufrido, la capacidad del nuevo proyecto para revolucionar a mejor las cuentas de los grandes clubes europeos implicados está más que en cuestión.


Así pues, es posible que después del enorme revuelo generado habrá que prepararse para una larga temporada de negociaciones más o menos soterradas entre los equipos rebeldes y la desabrida UEFA en busca de un acuerdo. Éste pasaría por las cuestiones de dinero y de control. Esto es, por la elevación por parte del organismo internacional de los premios a los participantes de la nueva Champions y por el establecimiento de mucha más transparencia a sus flujos económicos.

Descarrilar sin haber arrancado