El pazo y la Superliga

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Los doce de la Superliga se quedan sin el dinero del fútbol para ellos solos, y la familia Franco conserva cuanto el dictador fue acumulando en el Pazo de Meirás. El “golpe” de los ricos del balompié contra el balompié fracasa, quedando su revolución pendiente, en tanto que el del sátrapa que tanto daño hizo a España parece seguir activo y ganando guerras, en esta ocasión la judicial para que sus descendientes conserven lo que almacenó, cual insaciable Diógenes, en ese pazo cuyos muros, solo los muros, se han devuelto recientemente al pueblo español.


El fútbol retiene lo que le quedaba de deporte, de emoción, de sentimiento, de vago eco o trasunto de la lucha entre David y Goliat , y la familia de Franco, a resguardo de lo que en futuros pleitos emprendidos por el Estado se dictamine sobre su verdadera propiedad, con los bargueños, las ménsulas, las cornucopias, los tapices, las alfombras, los arcones, las armaduras y toda la aparatosa quincalla que decora, es un decir, el pazo. Y con los trofeos de caza, todo ese aquelarre taxidérmico de animales decapitados y sajadas cornamentas que tanto evoca el gusto por matar.


A propósito de animales: parece que en el Congreso de los Diputados se avanza en el reconocimiento legal de que los llamados “animales de compañía” son “seres con sensibilidad” y no cosas, como hasta el presente.


Algo retrasado va, como en tantas otras cuestiones, el Congreso, y algo errado también: no solo tienen sensiblidad, sino también inteligencia. Y dignidad, y belleza, y bondad, e inocencia. Franco no veía eso, o, si lo veía, le repugnaba, y tanta magia como los animales tienen solo le movía a apretar el gatillo de su infalible escopeta de dos caños.


Pero a lo que íbamos, a la Superliga y al Pazo de Meirás, a lo que contienen. En aquella, como en éste, bienes inmatriculables. Apropiarse del fútbol, consecuencia inherente a la de apropiarse del grueso de sus dineros, o apropiarse de la inmensa colección de “caprichos” que el “Caudillo” fue acaudillando, no tanto para su solaz como por esa sed acumulatoria que nunca se viere satisfecha, comparten idéntica patología. De momento, el fútbol se salva; lo del pazo, se irá viendo. 

El pazo y la Superliga