Mascarada

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Del cansancio de lo invisible, de eso sufrimos los hombres del luminoso orbe en estos instantes de tan exigua luz y en los que, paradójicamente, somos tan visibles como imprevisibles. Nada más falsario y a la vista que un hombre con mascarilla, no máscara, ellas son capaces de dramatizar o ironizar, tragedia o comedia, en cambio la mascarilla es un elemento incapaz de expresarse con la fortaleza de quien, como ellas, puede anunciar en un solo y uniforme gesto la risa y el llanto de las almas, dejándonos enmascarados en la mitad exacta del rostro, como bandoleros de sainete. “Fendetestas” todos del inanimado bosque de nuestros temores que nos salimos a los caminos armados de absurdas e inconstantes prevenciones y embozados en tan ridícula proporción exigiéndonos la dudosa sanidad en la duda de la enfermedad, para terminar embolsados todos en un pantanal de absurdas exigencias que buscan protegernos ocultándonos la sonrisa y cegándonos el habla en la mismísima soledad de la mirada.


Una cruzada de cofrades de una Santa Compaña sin origen ni destino que van y vienen, se cruzan y descruzan hasta conformar un nudo a la altura de la boca que nos uniforma e informa del acervo temor a lo invisible que cabe habitar en nuestras visibles indolencias, cansancios y perezas.


Debimos confiar esta falsa seguridad a la distancia, capaz de protegernos sin permitir que nos perdamos de vista en esta proximidad tan lejana como a la vista.

Mascarada