Telebasura

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Se le llamaba telebasura porque era la sencilla y clara expresión castellana que mejor, incluso olfativamente, la definía. Y ahora sigue siéndolo y aún hiede más si cabe. Pero como resulta que ha logrado que millones de moscas acudan al pestilente banquete ya hay que hacerla parecer un manjar exquisito se le están buscando camuflajes lingüísticos. O sea, como lo de las “fake news” esas, que son las mentiras cochinas de toda la vida.


El gran salto adelante ha sido no solo la invasión de todos los formatos sino que los napoleones de esa granja se han erigido en los prescriptores nacionales de la ética, el progresismo y deciden que y quienes son los buenos y los malos. Y se dicta sentencia mientras el gurú se revuelca por el suelo de la cochiquera. Pues bien, la coman cuantos millones quieran, eso, todo eso, fue, es y sigue siendo “telebasura” y su extensión nauseabunda es uno de los factores esenciales de degradación y retroceso de la sociedad española.


El gran periodista e ilustre profesor, a quien siempre recuerdo con admiración y respeto, Bernardino M. Hernando, escribió su definición exacta. “Son famosos porque salen en la tele y salen en la tele porque son famosos. Sin que se sepa la razón ni de lo uno ni de lo otro”. Lo dejó escrito no hace mucho y no puede ser más cierto ahora. La diferencia es que han crecido y llegado a tales extremos de poderío que ya hay miedo a decir lo que son y lo que con ellos hacen y le están haciendo a través de ello con las gentes.


Porque se han convertido en los espejos sociales. No hay mamarracho ni esperpento que no haya sido exhibido y jaleado por todas las pantallas, no hay escabrosidad o delirio, si es sexual aún mejor, que no se haya presentado como la más normalizada y aplaudible de las conductas. Tras haberle dado la ínclita Milá a aquello de Gran Hermano la categoría de “experimento sociológico” y, al ser ella quien lo afirmaba, darle patina de “progresista” el listón ha subido, por el momento, hasta donde ahora se encuentra y es la moda.


Que es uno más de la serie, pero todos con el mismo reclamo. Subastas de unos o de otras, con quien se lían, a quien engañan y como se lo montan y se montan. Ah! Y como lloran. Porque en esto hay que tener siempre la llantina a punto de cámara.


Pero no es esta, para nada, la última frontera de indignidad que va a atropellarse. Ya estamos en la pantalla siguiente. Ahora se trata de suplantar a la justicia y que sea la telebasura quien proceda a los re-enjuiciamientos y dicte las re-sentencias ya dictadas. Ahora están con una pareja peleada desde hace lustros pero que vive de este asunto. No hay un solo medio que pueda sustraerse del asunto pero es que casi todos se lanzan enfebrecidos a tomar partido en la “causa” y corre presurosa al charco, a ver si pesca algo, Irene Montero.


Así que me van a disculpar, por muchos que sean los que la vean, por mucho que algunos encalen con columnas de blanqueo el engendro y lo pretendan convertir en el sumum de la modernidad y el progreso. A mí, humildemente, no me gusta comer estiércol. Ni creo que sea bueno lo mejor para la salud, alimentar con ello, a todas horas, como plato estrella y de distribución masiva, a la población entera.

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