La procesión (y la fe) va por dentro

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El año pasado pensábamos que aquella Semana Santa sin procesiones, sin cofrades en las calles, sin los pasos y los tronos recorriendo nuestras ciudades, siguiendo los actos litúrgicos por internet, era solo un pequeño paréntesis, una renuncia temporal. Ya vemos que no. Estamos igual que entonces, condenados a un encierro que no es solo físico. Pero aquella Semana Santa sirvió también para recuperar la esencia de una celebración, el sentido real de la Semana Santa para los cristianos y para los que no lo son. Y para que muchos recuperaran el sentimiento religioso. Porque lo que sucedió hace dos mil años sigue siendo un símbolo llamado a durar milenios y porque el mensaje del Cristo crucificado es hoy más necesario y está más vigente que nunca.


La Cruz es símbolo de sufrimiento como el que ahora padecen tantos enfermos de Covid o los sanitarios que los cuidan, o las familias que velan a sus enfermos o que han tenido que enterrar a seres cercanos. Pero la Cruz es también símbolo de perdón y, sobre todo, de Amor. Como ha dicho el Papa Francisco, “en el contexto de preocupación en que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros la maltratamos”.


Esta Semana Santa no habrá tampoco procesiones en las calles, pero, afortunadamente, sí podemos entrar en las Iglesias y mirar de frente las maravillosas imágenes que no sólo son símbolos para los creyentes sino un patrimonio cultural sin el que no se explica lo que somos hoy como personas y como país. Nuestras raíces más profundas, nuestros valores religiosos y nuestros valores cívicos están ahí. En la literatura religiosa, en la pintura y la escultura, en la música. No es posible entender nuestra civilización sin las raíces cristianas que están en el espíritu de las familias, en la cultura que nos ha hecho pueblo y pueblo de Dios. Decía Emil Cioran que “cada vez que escucho la Misa en sí menor o la Pasión según San Mateo o una cantata de Bach debo confesar que Dios tiene que existir y ésta es la única prueba que los teólogos han pasado por alto”. Hace unos días Javier Cercas escribía que “por muy ateo que seas, escuchando a Bach te entran unas ganas irreprimibles de creer en Dios”. Como mirando al Cristo de Velázquez en el Prado y tantas otras imágenes de los grandes pintores.


Este año, la procesión (y la fe) va por dentro. Tenemos que mirar hacia dentro de nosotros para aprender a mirar hacia fuera y ver a los que nos necesitan. Es tiempo de reflexión, de perdón y, sobre todo, de amor a los otros.

La procesión (y la fe) va por dentro