Máquinas de vomitar mierda

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La actualidad informativa de España, hoy y desde hace dos lustros, la protagonizan, nutren y pastorean nuestras muy celebradas máquinas de vomitar mierda. Ya sé que queda feo decirlo así, pero es que resulta ser la más exacta, precisa y sensitiva definición. Unos personajes, que gozan de la mayor credibilidad a pesar de haber hecho del delito, la mentira, la manipulación, la traición y el amasar enormes fortunas a base de traficar con heces y basura. Y unas terminales mediáticas que convertidos en sus camareros emplatan sus excrementos y los sirven con gran boato y propaganda como si fueran el manjar más sano, ecológico, sin aditivos ni adulteración, y elaborado por su mejor chef.


A ello se le bautiza como información o se viste de entrevista. Y sí, lo son. Pero por entendernos bien, una es hacer el seguimiento de las andanzas de Al Capone y su familia mafiosa y otra convertirse en su vocero. Porque en este sucio juego en el que llevamos tanto tiempo metido aquí resulta que son los jefes de la mafia quienes deciden de qué y a quién se señala de los peores crímenes, que muy posiblemente haya cometido, o no, pero con una salvedad y condición. La fuente, más bien el desagüe de la cloaca ofrece los detritus de aquellos que a él le conviene aventar, claro, pero con una intocable excepción. Los suyos. De esos ni preguntar, sobre ello ni palabra. Y aún menos, ya no rebatir, sino ni siquiera pedir prueba o cuestionar una afirmación.


Lo escribo así, cruda y descarnadamente, porque no hablo de oídas. Porque resulta que cuando uno de estos comenzó, al verse pillado por la justicia, su operación de esparcir la porquería, me hizo llamar para ofrecerme el “cargo”. Yo no acepté. Alguno, algunos más después, se apresuraron convertirse en sus oídos arrobados y sus papagayos agradecidos. Aceptando la condición subliminal pero esencial y de obligado y comprobado cumplimiento. De lo único que no se habla y aún menos se escribe, lo que ni se menta ni se publica, es sobre los delitos del delincuente. Esos desaparecen y el individuo acaba pasando en dos portadas y diez pantallazos de ladrón a santo o, como mal menor, un “mandado”.


Resulta cada vez más escalofriante, y en algún caso ya de verdadero y suicida delirio que sean estas máquinas de vomitar mierda las que lleven mas de una década y ahora aún más la agenda de España. Desde luego a ellos les viene muy bien y hasta es entendible que busquen su beneficio personal o espurias mejoras para no pagar por sus crímenes. Pero ¿hasta donde va a llegar el desatino de ponerles pulpito, altavoz y alfombra?. Por ahora hemos logrado ya la aberración asumida colectivamente y sin réplica de negar cualquier presuntción de inocencia y dar por culpables sin más quienes señalan y por el contrario y otorgarles a ellos la absoluta credibilidad y veracidad de lo que cada día les convenga decir.


Supongo que al menos y antes de empezar a comprar sus cagarrutas como maravillosas especies, debiera ser previo su confesión, la asunción de sus actos y delitos y , ya puesto, la devolución de todo lo que llevan trincado. Luego si, que acusen, ofreciendo pruebas de los delitos de los demás, de todos los demás. 

Máquinas de vomitar mierda