Burka y singularidad

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Antes que de tu ser físico tuve plena la intuición de tu ser cósmico. Ese que sin ser nada lo es todo en el arte de poner música a los más íntimos y esenciales actos de nuestra vida. Allí donde de verdad somos y estamos está esa serena luminaria que no necesita ser llamarada para abrasarlo todo, ni volcán para desbordar la pasión. Ese don del que te hablo es la singularidad. El soplo que el universo comparte con nosotros para que no olvidemos la naturaleza de nuestro origen.
Todos participamos de él y en todos se expresa con potencia, no siempre, es cierto, atendida con la debida consciencia. Es universal, intransferible e inajenable, nadie puede, por tanto, arrebatártela. Solo nosotros, en la aflicción de los días, podemos sofocarla y acaso aniquilarla en el loco afán por hacer de nosotros esa verdad que vestimos con tanta mentira.
Durante todos estos años he buscado ofrecerle espacio en ti, y con él la oportunidad de ser el más bello acorde de todos los día de tu vida.
Te he visto luchar por ella, en el error. Fuiste: cristiana, pagana, nacionalista,  budista... Siempre entorno a ella, nunca en ella. Pero aún así te apoyé.  La búsqueda es solo el juego de encontrarse con ella. Pero ahora no puedo hacerlo.
Me hablas de una libertad que es sudario. De una casita con una sola ventana, donde dices, habita serena tu dignidad. Esa casita, hija, se llama, burka, y no es hogar sino indigna lápida de tu divina singularidad.

Burka y singularidad