Artistas coruñeses

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La galería José Lorenzo.La Marina ofrece lo que para nosotros, que vivimos su efervescencia creadora, es un nostálgico viaje por la obra de algunos de los artistas coruñeses más notables del siglo XX, la mayoría desdichadamente desaparecidos, entre los que están Lago Rivera, Luis Seoane, Isaac Diaz Pardo, Labra, María Elena Gago,  Alfonso Abelenda, González Pascual, Gancedo y Chelín. Se completa la lista, con los aún vivos Jorge Cabezas, Correa Corredoira y Jano Muñoz. Todos ellos han contribuido, de un modo notabilísimo, a poner la bandera del arte coruñés a la altura de los más avanzados creadores de su época y algunos se han singularizado como auténticos maestros y renovadores de lenguajes. 
Es el caso de  José María de Labra, del que figuran las obras “Mi ciudad” ( 1952), que nos retrotrae a sus inicios  con su visión mística y liminal del paisaje, y “Rostro” ( 1992), que ya entraría, por su forma ovular, en lo que llamó Figuración simbólica. Otro maestro indudable es Luis Seoane que llevó a  una síntesis formal la figura  y que encontró en el grabado, especialmente el xilográfico, un modo de conexión entre la madre materia, con sus irregularidades y texturas, y el ser humano; lo cual podemos apreciar en el personaje de  “Equívoco diplomático” donde lo antropomorfo se funde con configuraciones de naturaleza, como la del árbol. De Alfonso Abelenda, cuya reciente pérdida aún nos emociona,  figura una de sus muchas variantes de la Dársena coruñesa, cuyos juegos de luces combinó ad infinitum, demostrando, como en toda su obra, su maestría con el color y las múltiples interpretaciones que ofrece todo tema; también sus excepciones y libres dotes de dibujante quedan patentes en la  quebrada figura  de uno de sus tremendos personajes. La pasión por la naturaleza y el lirismo más exquisito son visibles en las dos obras con el tema “Troncos” de Alejandro González Pascual, donde la sinfonía de grises alcanza cotas de  inigualable virtuosismo. Un lirismo igualmente exquisito, pero de otro cariz, es el que puede verse en los cuadros “Piano”, “Tocador” e “Interior” de M. Elena Gago; aquí se respira el refinamiento, el silencio, la  escondida presencia humana y la voluptuosidad íntima, envuelta en aterciopelada luz. Dos paisajes de Lago Rivera, de atmosféricos grises, se convierten en ligeros y aéreos ensueños. 
Chelín  nos conmueve con su humanizado y doliente Cristo hecho de barro humano. Y de lo humano y sus máscaras predica Isaac Díaz Pardo, en sus esquematizados rostros, a la vez que recoge la eterna dualidad en los geometrizados desnudos de “Pareja”. El “Bebedor” de Gancedo  es una patética figura que habla de dolor y soledad. “Faro imaginado” de J. Cabezas trae atemporales evocaciones de la primitiva Torre de Hércules “Illa Carboeira” y “Mujer al sol” de Correa Corredoira testimonian de sus orillamientos oceánicos y humanos. El faro y Puerta Real de J. Muñoz dan fe de su depurado realismo. Una muestra, en fin, en la que aún sentimos latir el pálpito vivo de los amigos perdidos. 

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