LA POLÍTICA ES UN ARMA CARGADA DE CINISMO

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Gabriel Celaya me perdonará que recurra a sus versos, esos en los que “la poesía es un arma cargada de futuro...”, pero es que de las pocas cosas tangibles que percibimos solo la poética, tan ausente en el mundo político de este país –a excepción claro está de Luis García Montero, ya saben, el candidato de IU a la Comunidad de Madrid–, permite todavía alimentar algunos sueños. De las pesadillas se encargan otros, abrigados si no en todo sí en buena parte, por el cinismo como carga sustancial de la famélica bodega que alberga sus mentes. Porque de cinismo no solo está el mundo lleno, sino básica y esencialmente –diría que también oficialmente, como si no cupiese hallarlo en otro lugar, al menos no en tan brutal dimensión–, la política en este país. Con toda seguridad, en otras naciones sucederá otro tanto, pero espanta saber –o percibir– que un país moderno que ha conocido momentos de gran desarrollo social y cultural solo entienda el compromiso político como una forma de exclusión y un ejercicio de obscenidad mental cuyo único fin es el desprecio. Solo así se puede entender en buena parte que la política se palpe únicamente en aquellos momentos en que quienes pretenden ejercerla se acuerden de aquellos a los que demandan confianza.
La grosería, la desvergüenza, alimentan el verdadero aprecio por mínimas conductas democráticas, por la equidad o la igualdad, aun a sabiendas de que quien escucha ya no se pueda creer nada. O bien, todo lo contrario, de quienes, sabiendo que se miente, reiteran su confianza en quien no lo merece. Cínico –luego obsceno– es prometer algo que, habiendo tenido la oportunidad de cumplirlo, no lo ha hecho y vuelve de nuevo a garantizarlo. Una forma de cinismo sublime es también aquella en la que se utiliza el voto de muchos para satisfacer los intereses de unos pocos, como en eso de publicar la lista de deudores de Hacienda y no hacer otro tanto con la de quienes han regularizado su ilegal estado económico con una amnistía fiscal que, como se ve, debe de llevar añadida alguna cláusula de confidencialidad que impida su difusión. Se entiende pues que no es lo mismo saber que quienes se hallaban en este último caso lo hacían sabiéndose al margen de la Ley  que aquellos otros que, pudiendo hacerlo, no cumplen con el fisco pero son también conocedores de que tampoco les arropa la legalidad. Algún tipo de diferencia, se supone, habrá entre unos otros, según el ministro de Hacienda. El cinismo le impedirá explicarlo.

LA POLÍTICA ES UN ARMA CARGADA DE CINISMO