Secuestrada

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Hace unos días descubrí que no soy nadie. No tengo voluntad, ni voz, ni capacidad alguna de decisión. Todo pertenece a las operadoras telefónicas.
Fue un secuestro rápido y sigiloso; los años de práctica han convertido en maestras en el arte del engaño a las compañías que nos prometen un nuevo mundo de comunicación sin límites. Y que luego nos hacen darnos cabezazos una y otra vez contra el muro de los contestadores automáticos. “En este momento no podemos atenderle. Gracias por su confianza”.
Una mañana cualquiera me enteré de que mi compañía ya no es mi compañía. Ahora le pertenezco a la competencia. Sin consentimiento. Sin negociación. Ni siquiera una llamada embaucadora en la que mi negativa se tradujese en autorización por arte de magia. Nada. Me muevo desde entonces en el limbo de la incomunicación sin que nadie se haga cargo de mí. Ni teléfono ni internet. Es como no existir.
Para los secuestradores no figuro. Será que reconocer que se dedican a las prácticas fraudulentas no forma parte de su política de empresa. El “no me consta” siempre es mejor opción. Para los que me juran que quieren rescatarme el tiempo no pasa. Los días se convierten en semanas vagando por el mundo de las grabaciones para mi seguridad con amables comerciales que me piden mis datos para garantizar la validez del proceso pero no me conectan a la línea.
Sigo raptada. Y no se me ajusta el traje de víctima. Me tiran las costuras. Mientras intento liberarme lanzo gritos de auxilio. A quien quiera escuchar. Para no sentir que la batalla está perdida. Una reclamación por los cauces oficiales, una denuncia en la red de redes para tratar al menos de sacarles los colores a quienes no saben de vergüenza... Cuanto se me ocurre para hacer ruido. El derecho al pataleo parece ser el único consuelo que voy a encontrar.
Descubro a compañeros de cautiverio con historias similares; siguen buscando, ya no una compensación, solo una disculpa. Muchos asumen que contra los gigantes no hay victoria posible. Otros intentan seguir siendo una piedra en el zapato. Me sumo a estos para advertir contra empresas con miles de personas pero incapaces de tratar a sus (no) clientes como seres humanos.

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