Togadas

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Pilar de Lara, Estela San José, Cristina Alaya, son nombres que, con toda seguridad, le dicen algo. Llevamos unos años desayunando con ellas en las portadas de los diarios, viendo sus llegadas y salidas de los juzgados, un día sí y el otro también. Son algunos de los nombres de las magistradas  que llevan los casos más sonados de corrupción. Cito a tres mujeres y lo hago, por supuesto, de manera intencionada. Claro que hay muchos jueces, concretamente 2.571, pero la justicia, hoy por hoy, es mayoritariamente femenina.  Ellas son mayoría entre los jueces, un 52% frente a ellos con un 48%. Sin embargo, cuando hacemos la foto fija de la cúpula judicial la cosa cambia y las togas femeninas desaparecen por arte de magia. El caso más flagrante es el del Tribunal Supremo. Compuesto por 79 miembros sólo 11 son mujeres y en la presidencia de salas no hay ninguna fémina. En las presidencias de los Tribunales Superiores de Justicia mejoramos un ápice: de cero pasamos a una, la presidenta del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, bendita ella. 
¿Machismo en la jerarquía de la justicia? Parece innegable aunque las reglas para los nombramientos en los órganos judiciales son el mérito y la capacidad. Lo cierto, y esto lo afirman algunas magistradas, es que en las designaciones influyen las avenencias políticas o la participación en círculos profesionales y en esos ámbitos la mujer está menos presente y es menos activa. También está la otra cara de la moneda, esa que achaca a la propia mujer la responsabilidad en las ausencias en los puestos de mando. Las mujeres son más reacias a presentarse de manera voluntaria a los cargos de responsabilidad. Mucho se ha debatido sobre esto. Falta de ambición o incapacidad de conciliar son las explicaciones a una realidad difícil de subsanar. A pesar de las medidas para facilitar la conciliación parece que el hombre no se da por aludido. Son las mujeres de manera mayoritaria las que piden excedencia para cuidar de los hijos y la gran mayoría de los jueces que solicitan la conciliación son mujeres. No es de extrañar, por tanto, que los currículos profesionales masculinos tengan un carácter lineal y continuado mientras que los femeninos se ven interrumpidos por la maternidad. El primero no hace más que crecer y el segundo se empobrece. 
Como cada año el Rey inaugura el año judicial con un acto en el Supremo y como cada año los medios recogen esa foto de familia absolutamente masculina. Si la propia Casa Real, la institución más conservadora del Estado, está de renovación, tal vez sea ya la hora de que al poder judicial lleguen también soplos de aire fresco y en la fotografía del próximo curso podamos encontrar algunos  rostros femeninos o ¿será mucho pedir?
(*) Carla Reyes Uschinsky es presidenta de
Executivas de Galicia

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