Tristán e Isolda

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Una ópera de Richard Wagner en versión concierto puede ser ocupación tortuosa y de cuestionable rendimiento estético, especialmente si los adjudicatarios de tan maestosa misión son el público de Palacio. Con todo, ni el rigor mortis de las butacas –que deberían haber sido sometidas hace tiempo a un minucioso proceso de restauración– ni las casi cinco horas de duración del concierto consiguieron rebajar la atención y entrega de los asistentes, que aguantaron con estoicidad y perseverancia intelectual el embate de la obra firmada por el músico sajón.
Tras bajar el telón, los aplausos fueron los fedatarios de la solvencia con la que la Orquesta Sinfónica de Galicia y su Coro interpretaron Tristán e Isolda, además de solistas y demás personal interviniente. Todos ellos sabiamente guiados por un mito viviente de la dirección orquestal: Eliahu Inbal.
Esta extraordinaria versión de Tristán e Isolda, nuevamente, establece la infranqueable altura del listón de calidad a la que la Asociación de Amigos de la Ópera nos tiene acostumbrados. Hace ya tiempo que el estado de cosas en materia de ópera es así. Tiempo es, también, lo que requiere una obra de esta magnitud para que las partes que intervinieron consigan lograr el grado apropiado de imbricación para que todo funcione a la perfección y el resultado sea el esperado.
De los cantantes destacamos a una inefable Eva-Maria Westbroeck en el papel de Isolda. El rango dinámico de su voz y su solvencia interpretativa consiguieron sorprender a todos los presentes. La interpretación de Gidon Saks también estuvo en esa altura de compromiso, con gran convicción en su papel, además de una definición tímbrica poco habitual. Stephen Gould estuvo acertado en el registro agudo, no perfilando en igual grado de pulcritud y afinación la zona intermedia de su voz.
Del Coro poco que decir –su papel fue casi anecdótico en esta obra–, pero la OSG sí que formó buena parte del éxito de la velada, con un grado de complicidad con Inbal que permitió asistir a una noche para el recuerdo.

Tristán e Isolda