EL ALIENTO EN LA NUCA

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Poco recorrido parece haber tenido la polémica surgida a raíz de las declaraciones del expresidente del Gobierno José María Aznar sobre su supuesta vuelta a la política activa. Todavía está por aclarar el carácter mesiánico que siempre ha querido transmitir Aznar, como no se explique por ese rebosante egocentrismo del que siempre ha hecho gala. Más si cabe desde que decidió no presentarse a un tercer mandato, cuestión por cierto que le honra teniendo en cuenta que fue por decisión propia y, en especial, porque fue el primero desde la democracia que puso fecha tope a su recorrido como presidente del Gobierno. Sus razones tendría, sobre todo recordando su activísimo recorrido en la empresa privada, su papel como incansable conferenciante o su curtida sabiduría, que le han llevado, bajo tan endeble paraguas de seda como el que tiene a gala transmitir que usa para cobijarse, a tratar de sentar cátedra en todo cuanto acontece. El mesianismo conlleva como componente consustancial ese otro del que, por ejemplo, se ha dotado la Iglesia católica a través de la infalibilidad papal. Lo del recorrido, salvo que todavía persista –y seguramente lo hará– en determinados medios, es proporcionalmente voluble a la importancia que se le quiera dar, sobre todo en lo que a la prensa corresponde. Pero no ha sido Aznar el único expresidente de este país que ha puesto en cuestión la acción de Gobierno de su propio partido. Sin ir más lejos, Felipe González no cejó tampoco, puede que en un tono menos ostentoso y seguramente exento de tanto patetismo como el que se dejó entrever en Aznar en esta ocasión dado el nivel de reacción de sus correligionarios, en su intento de mantener su influencia sobre la política del PSOE, solo que en este caso el partido se encontraba en el papel de oposición. Por mucho que tratase de aparentar lo contrario, lo cierto es que parece –al menos porque este sí es un elemento de coincidencia en la gran mayoría de los análisis políticos que se han dejado sentir tras sus declaraciones– que la soledad, pero sobre todo la constatación de que quien puede quererlo no está ni mucho menos hoy en posición de ayudarlo, pasa factura tan elevada como la que aporta el paso del tiempo, por mucho abdominal que se luzca. Al menos, la cuestión ha servido –saber si era fingido o no es otro asunto– para ver a un Rajoy como nunca antes se le vislumbró. Socarrón y ocurrente, el presidente del plasma contestó, al menos de cara a la opinión pública, con la peor de las respuestas, un silencio clamoroso, lo único, probablemente, que no ansiaba Aznar. Y es que para decirle que mejor está donde se encuentra, mejor utilizar a los ministros.

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