Polvo de estrellas

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En los años en que nos creíamos inmortales solíamos fantasear con nuestra propia muerte. No con el hecho biológico propiamente dicho –aquel eufemismo para la estirada de pata de Franco–, sino a todo lo que la rodeaba. Eran tiempos en los que los amigos eran lo más valioso, lo auténtico, el mundo sobre lo que giraba todo. Sentimiento de tribu, de hermandad. Por eso en aquella ilusoria muerte que cada uno se componía, los compadres eran lo fundamental. Así, era común la proyección personal de un entierro sentido y lleno de contenido.
Nos veíamos como espíritus libres, espectadores de esa puesta en escena, complacidos por el resultado. La solemnidad y la emoción contenida de los amigotes ofreciendo el postrero adiós a un tipo intachable, único, genial, divertido y amigo de sus amigos. En el cuadro se colaban siempre un par de desconsoladas damas (indefectiblemente tías buenas e inalcanzables) y una gaita llenando el aire de hermosas y emocionadas notas. Dejándonos llevar por la imaginación y la autocomplacencia, la imagen iba adquiriendo tintes épicos, a gusto del ensoñador. Mucho gusta la pompa.
Pero como dije, eran tiempos en los que nos creíamos inmortales, y optimistas como éramos rebajábamos la tensión. La muerte iba a convertirse en una juerga de no te menees. Esa era la idea. Admirábamos los funerales irlandeses, por eso soñábamos el nuestro con una comilona que dejase el banquete de Trimalción en almuerzo de plato combinado. Y una borrachera antológica. Un día de esos para recordar toda la vida. Se dejaba la francachela pagada virtualmente, se daban las instrucciones pertinentes, se configuraba mentalmente la lista de asistentes, –que no eran sino aquellos amigos del alma– y, en un último gesto de generosidad, hasta se tenía en cuenta a algún gorrón.
Todo aquello no era más que el miedo a la muerte. Así que trivializándola la espantamos. Conjurando a lo prosaico la burlamos, y de no conseguirlo, creemos que al menos una humorada hará más digerible el terrible paso. Ese momento, aun imaginado, necesitamos atarlo a lo cotidiano. Como quien deja escrito que a su nicho le dé el sol, porque sus huesos no soportan la humedad. Es algo atávico. Aunque ya hace siglos que nadie se va al hoyo con sus sirvientes, concubinas o su fiel perro. Ni siquiera hoy en día con sus discos de los Beatles o el Rolex de oro.
Se acabó el romanticismo. Los entierros serán un recuerdo y no habrá más pompas fúnebres al uso, porque serán sustituidas por consultoras o talleres funerarios. Los gusanos no tendrán qué comer. Ahora los cadáveres se ponen en órbita. Previo pago de una importante suma hay empresas que largan las cenizas del fiambre a la termosfera. O las esparcen reventando una traca fallera. Polvo de estrellas. ¿Qué será lo próximo? ¿Soylent Green? Ya saben... aquellas galletitas.

Polvo de estrellas