SUS SOLIDARIAS SEÑORÍAS

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Parece que la cosa de la semana tiene algo que ver con el vil dinero. No solo por lo que a la Infanta atañe –ya ven, tanto revuelo para al fin descubrir, según nos dicen, que la sociedad de su marido pagaba vía tarjeta hasta los libros de los niños–, sino por eso otro que nos cae tan cerca de que en el Parlamento Gallego saltan las pulgas por cuestión tan baladí como es la de que sus Señorías tributen como todo hijo de vecino, es decir, por todo aquello que perciben, a excepción de los gastos por desplazamiento, y no solo por, más o menos, la mitad de lo que ven a fin de mes. Claro que en cuestiones tan humanas como lo son el hecho de pedir para uno lo que otros no están dispuestos a sumir somos en este país más que expertos consumados, artistas funambulistas que incluso nos permitimos el lujo de apostolar sobre todo aquello que queremos que se haga en casa del vecino menos en la nuestra. ¿Qué otra cosa es si no la política, o al menos en lo que se ha convertido –perdón–, en lo que la hemos mudado o dejado que la trocasen? Lo del dinero podría venir también a cuento de las apreciaciones del sr. Montoro, que alegran las orejas por igual del más disoluto y del más casto en el momento en que abre el “sobre” de fin de mes. Pero sería un tanto excesivo, a las alturas en las que el ministro nos ha colocado, prestar realmente oído a tan venerable sentencia. De Justicia, o mejor, de Igualdad, habría que nombrar al titular de Hacienda y Administraciones Públicas teniendo en cuenta su capacidad para evaluar hechos que cualquiera pensaría que son reales. Como, por ejemplo, que acceder a un cargo electo conlleve esa especie de estribillo tan habitual en el mundo político de decir que, según en qué nos toque, estamos a dos velocidades o, más próximo a la materia que ocupa al ministro, en dos tramos, por aquello de lo de la declaración de Hacienda.
No somos, evidentemente, iguales, no ya porque, por naturaleza, y afortunadamente, no nos corresponda, sino porque, por ejemplo, aquel que tiene a dos pagadores en un mismo ejercicio, con toda probabilidad le corresponda tributar al erario público, aun cuando lo percibido, sumando lo que hay que sumar, no alcance lo que a un diputado la mitad de lo que cobra y que resulta que no declara. Para eso estamos en este mundo; para ver cómo se predica sobre la necesidad del esfuerzo, la obligación de ajustarnos a los tiempos, la necesaria motivación de convertirnos en autónomos cuando ya no queda esperanza para encontrar trabajo, de montar un negocio por ejemplo, siempre y cuando eso no conlleve, en el supuesto de que alguna de sus Señorías – o su señora o su señor– tengan algún local para alquilar y no les afecte a la renta que, pongamos, hay que seguir pagando como en aquellos otros tiempos de “España va bien”. Ya entonces, mejor para unos pocos que para todo el resto. Hasta a los mendigos se les regula, pero hay Señorías, a la vista está, intencionadamente autistas.

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