Honradez y honestidad

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Según el diccionario de la lengua, honradez es “rectitud de ánimo, integridad en el obrar”. En esa definición se comprenden dos conceptos inseparables, pero distintos. Propiamente, la rectitud de ánimo es la idea medular de la honradez; en cambio, integridad en el obrar es el santo y seña de la honestidad.
La honradez es un concepto personal, una manera de ser constitutiva de la persona; la honestidad es, podríamos decir, una manera de actuar o de comportarse la persona. La honradez reside en el ánimo; la honestidad, en el obrar.
Desde esa perspectiva, la honestidad, como integridad en el obrar, está sometida a mayores riesgos y tentaciones que la honradez, como rectitud de ánimo, que se aloja en el seno de la propia conciencia. Este es el sentido de los versos de Calderón cuando pone en boca de Pedro Crespo en el alcalde de Zalamea “que la honra es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”.
En relación con las ideas expuestas, es digno de mencionar que los juristas romanos, pese a su espíritu pragmático, supieron captar la sutileza del concepto de honestidad proclamando que “no todo lo que es lícito es honesto”. Con esa afirmación, se referían a la distinta actitud que podía adoptar el acreedor con el deudor, al exigirle el pago de su deuda.
Eses mismo pensamiento puede servir de criterio para juzgar, en nuestros días, el comportamiento ético de algunas entidades de crédito, en los casos de ejecuciones hipotecarias de viviendas, donde el valor actual de la garantía es notoriamente inferior y desproporcionado al resto de la deuda pendiente de pago. Esta circunstancia fue la que dio lugar a los movimientos ciudadanos a favor de la “dación en pago”.
La honestidad, por otra parte, debe observarse con independencia del resultado obtenido. Si mediante engaño se consigue un alto beneficio, no cabe duda que, una vez descubierto el fraude y aclarada la falsa reputación de su autor, éste queda descalificado para seguir prosperando en su actividad y negocios. Con esa conducta ocurre lo mismo que con la mentira, que utilizada habitualmente, hace a su autor víctima de no ser creído, ni siquiera, cuando dice la verdad.
El engaño puede ser rentable eventualmente y a corto plazo; pero a la larga, la falta de integridad moral se vuelve contra el mismo que la practica. Sus frutos, momentáneos y puntuales, dan lugar a lo que en lenguaje coloquial se llama “pan para hoy y hambre para mañana”.
En relación con este tema, la sociedad debe tener un papel activo y protagonista, pues la honestidad tiene el valor que la sociedad le reconozca y si la sociedad no está contaminada, le reconocerá un valor superior a la picaresca.
Como conclusión, puede citarse la frase de Pascal, filósofo y científico francés el siglo XVII, que afirma no desear otra cosa “que no se pueda decir de uno, ni que es matemático, ni predicador, ni elocuente sino que es un hombre honrado” y esa, dice, “es la única cualidad universal que me complace”.

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