DE DERECHOS HUMANOS

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Tras la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que anula la llamada doctrina Parot, ya hay una larga cola de asesinos esperando que se les abran las puertas de la prisión en la que cumplen condena. No deja de ser paradójico que precisamente quienes han demostrado con sus criminales actos su falta de respeto por el Estado de Derecho aprovechen ahora sus vericuetos para dejar sus penas reducidas a la mínima expresión.   
Es evidente que están en su derecho y que en el momento en el que España se comprometió a acatar las directrices del Tribunal de Derechos Humanos sabía que algún día esta decisión se podía volver en su contra, como ahora ha sucedido.
Sin embargo, lo que resulta difícil de entender es esa otra larga cola, pero esta de políticos, que se apresuran a explicar ante cualquier micrófono que se les pone delante que les asquea la resolución pero que hay que cumplirla, al tiempo que, con rostro compungido, muestran su solidaridad hacia las víctimas, las auténticas perdedoras de esta situación.
Y es difícil de comprender su farisea actitud porque a su dejadez y escasas ansias de trabajo se puede atribuir no haber endurecido la legislación para determinados casos de criminales. Esos mismos que se afanan en mostrar sus condolencias son los que le arrearon a Gallardón hasta en el carné de identidad cuando se le ocurrió sacarse de la manga su “cadena perpetua revisable”.
No resulta progre imaginar a alguien en la cárcel de por vida. Para muchos, es mejor imaginar una prisión reeducadora en la que un curso de labores o matricularse en un taller de vídeo son suficientes para conseguir una importante reducción de condena.
Y así, nos encontramos con terroristas, violadores o asesinos setenciados a cumplir miles de años de reclusión, que “pagan su deuda con la sociedad” con tres quinquenios de reclusión y, lo que es peor, que son puestos en libertad sin haber sido reeducados y, por supuesto, sin arrepentirse ni un ápice de las vidas que segaron.
Lo curioso es que esos magistrados que consideran que la doctrina Parot atenta contra los derechos humanos ejercen en un país como Francia, donde la cadena perpetua sigue existiendo, como sucede en buena parte de esos estados europeos que aquí considerados tan civilizados y que, a la vista está cómo protegen a sus ciudadanos, puesto que no les tiembla el pulso a la hora de encerrar en una celda a los criminales más sanguinarios y, acto seguido, tirar la llave de la puerta al mar.

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