Miedo y decepción

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Según la ONU, las encuestas de opinión pública en todos los países, coinciden en señalar que los ciudadanos no se sienten representados por sus gobiernos y tienen una pésima opinión de la honestidad y sentido del servicio público de los políticos y votan más en contra de lo que temen que a favor de lo que esperan. Si es así muchos nos preguntamos, ¿que es lo que nos está pasando, cuando aceptamos situaciones de dominación social cuyo nivel de arbitrariedad e injusticia son tan manifiestos?. 

Tolstoi decía que “no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, sobre todo, si ve que son aceptadas a su alrededor”. Mientras las cosas sigan así, en esta época de crisis y de creciente desigualdad social, será imposible buscar soluciones comunes a problemas que no se viven como tales. 

Observando la realidad social actual es evidente que existe un claro pasotismo, servidumbre voluntaria y sometimiento de una gran parte de la población ante situaciones injustas; es la propia ciudadanía la que se esclaviza a pesar de saber que no somos cosas, pero acabamos consumiéndonos como tales, nos tratamos como mera mercancía, en demasiadas ocasiones. 

El poder político y financiero se encarga de llenarnos la vida cotidiana de episodios de criminalización, de modo que los problemas de salud causados por algún tipo de desnutrición infantil se atribuye al descuido de la madre; la destrucción de la naturaleza se imputa a la necesidad de crecimiento; las mutilaciones en accidentes de tráfico no son causadas por la situación de las carreteras sino por la distracción del conductor; el desahucio de la vivienda responde más al descuido del ciudadano que a la corrupción del sistema o los recortes sociales son obra del saneamiento colectivo y no del fascismo financiero. 

Actualmente estamos llegando a una situación en la cual más que decepcionarnos de los gobernantes, estamos decepcionados de nosotros mismos, de nuestra capacidad para dejar de comportarnos como meras marionetas y todo eso gracias a las políticas del miedo.

Miedo y decepción