LA CULPA Y LA DISCULPA

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Cabría pensar que el gobierno comunicase con meridiana franqueza y descarnada claridad, al extremo de infundir temor entre manirrotos y deudores, a la par que confianza ante gobiernos, mercados y mercaderes. Cabría intuir que el voraz enemigo que acecha, el mercado, aborrece la incertidumbre, y que el ejecutivo calla y masculla sus penalidades por no darle razones para morder. Sí, pudiera ser que este insano comunicar buscase solo permitirnos transitar silenciosos por los fangosos manglares de la deuda. Cabría, digo, imaginar que fuese así, pero no lo es, el presidente se esconde y los ministros improvisan: medidas de gracia sin gracia por aquí, antifraude con fraude por allá, posibilidad petroleras en aguas canarias...

Es cierto que lo que a unos complace a otros irrita, y que no resulta sencillo narrar el drama en tan precario equilibrio, y menos para un aparato de ilusionismo como es un partido político y por extensión el político. No se han creado unos ni entra en el credo de los otros referirnos infiernos sino paraísos.

Ahora bien, oyendo el otro día al presidente repetir que el rescate de España no estaba en ninguna agenda, es más, que no había ni agenda, no cabe sino temer oír al portavoz de los mercados gritar desaforado, en plan actor secundario Mel de los Simpson: “¡No tienen agendaaa, están arruinadosss!” Y en esa voz dispararse la deuda, hundirse la bolsa y sacar los socios a relucir sus afilados dietarios.

 

LA CULPA Y LA DISCULPA