“BLUE JASMINE”

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AWoody Allen se le había caído la dentadura. O eso parecía. Desde “Match Point”, y con la única excepción de la bizarra y sugerente “El sueño de Casandra”, el cineasta neoyorquino parecía haberse retrepado sobre su silla de director para dejarse llevar por la complacencia. Siete películas con un solo título inolvidable, “Midnight in Paris”. Y aún así la fábula en la ciudad del amor seguía siendo, amén de magistral, complaciente. Pero en “Blue Jasmine”, Allen ha vuelto a morder. Y lo ha hecho transportando un clásico de clásicos, Un tranvía llamado deseo, a los tiempos que vivimos, los del ensanchamiento por días de la brecha que separa a los que todo les sobra de los que todo les falta.
El ascenso y caída lo encarna una magistral Cate Blanchett, que consigue equilibrar el segundo intento tragicómico de Allen desde Melinda y Melinda. Pero si en este film había una separación clara entre las dos Melindas, la cómica y la trágica, aquí se oscila en cada secuencia (a veces en la misma secuencia) entre ambos tonos. Allen recuerda aquí, por pintoresco que resulte, a Tarantino, un artista experto en congelar la sonrisa y presentar una situación esperpéntica que súbitamente se afila y corta.  
Una escena en concreto resume (¿) todo el juego(?) de “Blue Jasmine”. El arranque y el cierre. Cuando la Blanche de Blanchett entra en casa de su hermana, un travelling nos muestra el modesto espacio en el que esta magnate de los diamantes y los Versace tendrá que vivir tras su caída en desgracia. La música que la acompaña es alegre, ligera, complaciente. Cuando Blanchett abandona la casa, y la película está a un par de alientos de expirar, el travelling se repite. La música sigue siendo alegre, ligera, complaciente. Pero desde la butaca no hay sonrisa, sino escalofrío.

“BLUE JASMINE”