ESPAZO A DESTEMPO

|

En los ya casi remotos tiempos del 78 Xavier Correa Corredoira hacía en la galería Mestre Mateo, de ínclita memoria, un homenaje al hábitat: “una tierra fuera de la negación del tópico” y al homo faber, del cual se sentía heredero, declarando su perseverancia en las relaciones naturaleza-cultura; treinta y cinco años después, tras una fecunda trayectoria transitando caminos y espacios pictóricos, trae a Monty4 su Espazo a destempo, señalando una vez más que la creación se sitúa en los límites de lo reglado, en ese punto de inflexión donde se abre el más allá de lo representado, esa “otredad” que siempre se nos escapa por las fisuras de lo que entendemos como real; de ahí que la figuración sea sólo el trampolín simbólico, la forma como opera el reino de las formas –es decir, la madre naturaleza– para invitarnos a intuir no visible, lo no verbalizable.
Y para hacerlo visible ¿qué mejor que las dos nobles extremidades del cuerpo humano: la mano y el pie? Así, en un septenario de variantes, hace que ambos se asocien en el juego sorprendente de descubrirse humano bajo las estrellas y de descubrirlos como herramientas que unen la tierra y el cielo. Al lado están los espejos del taller: esa factoría de advenimientos extraños, y, en el espejo, –como no podía ser de otro modo–, la mujer, el ideal encarnado, la musa y la diosa, que luego se transmuta en Danae, en Núa, en Las tres bises, en Las dos y cuatro y sobre todo en Las tres tremendas, cuadro que podría interpretarse como una paráfrasis de las Tres Gracias, pero que para él son la pintura, la escultura y la arquitectura. Orilladas del profundo espacio de un mar y un cielo nocturno, como si estuviesen en la proa de un barco que surca la ignota inmensidad, estas tres mujeres, entre las cuales flota como una leve libélula el espíritu de un hombre desencarnado, representan ese viaje hacia lo liminal y lo lejano, que es una constante en la obra de Correa Corredoira.
Una novedad de esta muestra son sus esculturas cilíndricas de láminas de acero, que trabaja con numerosos calados, para aligerarlas de peso y para que, a través de ellos pasen la luz y el aire; representan rostros o más bien esquemas de rostros o máscaras bifaces, a la manera celta; son piezas con cierto aire totémico que traen evocaciones arcaicas, –especialmente la que titula Trismegisto–, de aguerridos guerreros o de dioses propiciatorios. Entre todos ellos, su autorretrato y su perro bajo la luna incitan a dejarse poseer por los númenes de lo innombrable.

ESPAZO A DESTEMPO