Prescipción

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No sé qué opinarán los lectores, pero siempre he tenido la impresión que, en este país, gobierne quien gobierne, quienes contribuyen en mayor medida a sostener al erario público a través de sus impuestos son todas las clases sociales, a excepción por supuesto de la alta y de la que se mueve en el ámbito de las Sicav. En pocas palabras, el sentimiento es que paga más quien menos tiene, si acaso en comparación con los que están por encima, para los que, por cierto, parece que esto de la prescripción juega incluso a su favor. Ahí está por ejemplo, sin ir más lejos, el caso de los supuestos pagos en B a altos cargos del Partido Popular, algunos de ellos en el Gobierno de esta nación y el resto bien ubicados en administraciones inferiores cuando no en la empresa privada. Se supone que Hacienda es siempre eficaz, pero teniendo en cuenta lo ya sucedido, la regularización de capitales opacos decretada por el Ejecutivo central –sin ir más lejos entre los beneficiados estaba el propio Bárcenas– ya nos podemos creer cualquier cosa. Circunstancia, por otro lado, que yo sepa, poco habitual cuando se trata del pequeño ahorrador, el trabajador en definitiva, al que más le vale no “olvidarse” de nada, y mucho menos de presentar la declaración de la Renta, porque es cuestión de semanas o meses a lo sumo que aparezca el correspondiente requerimiento administrativo.
Desconozco si esto se da también en las pequeñas o grandes fortunas, en la tributación de empresas que son referencia en este país, pero lo cierto es que no podemos comparar la simple declaración de una persona física con la de una jurídica.
Tanta es la voracidad con la que funciona el propio sistema impositivo que no duda en gastar veinte euros en certificados para reclamar apenas unos céntimos de diferencia en la declaración, u otro tanto –y de esto sí puedo dar fe– para instar la presencia del declarante para informarle de que no ha presentado tal. El caso es que, difícil tendría, tal vez, demostrar el haberlo no hecho si no fuese porque, ese año, por una vez en la vida, tocó a devolver y el correspondiente abono en cuenta había sido cobrado tiempo atrás.
Esto de tener uno de los vocabularios más ricos y extensos del planeta no deja, cuando se tercia, de motivar confusiones. Y es que, teniendo en cuenta el hecho de que “prescribir” también es recetar –no solo pues eso de ver extinguida una acción por el paso del tiempo que marca la Ley–, parece, al menos por el momento, que el fármaco no actúa con tanta intensidad como se quisiese para curar a una sociedad que incluso a los ancianos o a los pacientes crónicos de este país les reclama una parte –es cierto que mínima– del coste de los medicamentos. Aunque sobre de lo que es “mínima” habría que matizar y debatir. Tal vez dentro de poco veamos aplicadas ya cosas increíbles en las numerosas casillas de la Renta que, por supuesto, no prescribirán.

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