APARIENCIA Y REALIDAD

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Si el error se opone a la verdad, la apariencia se opone a la realidad. La apariencia la define el diccionario de la lengua como “cosa que parece y no es” y la realidad, como “lo que existe realmente”. Por consiguiente, decir realidad aparente es una contradicción, pues ambos términos son incompatibles.
Ha sido la sabiduría popular, la que ha sabido distinguir lo real de lo aparente, con frases tan expresivas como “no es oro todo lo que reluce” o “las apariencias engañan”.
Sin embargo, en ocasiones, la apariencia se emplea para reafirmar la realidad o actuar como aval de la misma. Así sucede cuando al hablar de la mujer del César se dice que “además de ser honrada tiene que parecerlo”. En todo esos casos, ya sea para rechazar la apariencia o para que sirva de apoyo a la realidad, siempre se pone a la realidad en el lugar preeminente que le corresponde.
Sicológicamente, aparentar es aparecer o presentarse la persona como dotada de condiciones, facultades o medios y recursos superiores a los propios de su estado social, profesional o económico, con ánimo de deslumbrar a los demás o despertar su admiración.
Esa manera tan arrogante de comportarse da lugar al conocido aforismo “dime de qué presumes y te diré de qué  careces” y, al no menos conocido, de “en dinero y santidad la mitad de la mitad”.
La experiencia nos demuestra que los hechos son tozudos, por lo que negar su evidencia es querer ver lo que no son e ignorar lo que realmente son. Esta actitud obedece a desconocer que la realidad permanece y se mantiene como algo objetivo; en cambio, la apariencia, por ser subjetiva, desaparece al carecer de apoyo real en que sustentarse.
Lo real es lo auténtico; lo aparente, aunque sea virtual, es un sucedáneo. El parecido no es nunca el original. Por eso, cuando se trata de una reproducción exacta, se habla de copia auténtica o debidamente autenticada.
La autenticidad consiste en no caer en la impostura y comportarse cada uno como realmente es, sin aparentar lo contrario. Esto, además, sería un engaño que la propia realidad se encargaría de descubrir rápida y fácilmente.
Finalmente, diremos que, al fundarse la apariencia en algo inexistente y sin fundamento real, su duración es siempre efímera y pasajera, desvaneciéndose en su propia inconsistencia. Seamos, pues, realistas o incluso utópicos; pero nunca impostores, es decir, aparentar ser lo que no somos.

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