Cuando dos más dos no son cuatro

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Es una lástima que Einstein haya pasado a mejor vida. De lo contrario seguro que le encontraba un nuevo uso a su teoría de la relatividad, aplicada a los presupuestos de cualquier administración de este país.
Así, mientras el Ayuntamiento de A Coruña, por ejemplo, anuncia la congelación de los impuestos, la oposición ya se ha tirado a la yugular del alcalde asegurando que su grupo miente y que, en realidad, los coruñeses serán más pobres a consecuencia de la subida de las tasas. Esclarecer la verdad, en este caso, parece muy sencillo, no hay más que coger un recibo de 2013, compararlo con el del próximo año y que cada uno saque sus propias conclusiones.
Sin embargo, con lo que muchos no cuentan es con que entran en juego los tramos estatales y autonómicos de cada uno de los impuestos, lo que hace que las cantidades jamás coincidan y, de paso, hacen imposibile a la gran mayoría de los mortales encontrar un responsable de que su economía, también en lo local, quede mermada.
Y, también ayer, el Gobierno presentó los Presupuestos Generales del Estado. Ya no hace falta una furgoneta. Hasta la memoria portátil digital quedó obsoleta. Las cuentas de España entran ahora en un código de barras tridimensional, tan críptico como las cifras que se ocultan detrás de los espacios negros y blancos.
Por supuesto, también en este caso, lo que para unos es crecimiento para otros es retroceso, lo que es prosperidad enfrente lo ven como hambre. Posturas antagónicas que hacen que la matemática se convierta en ciencia inexacta cada vez que pasa por la criba del político de turno.
Además, por si este marasmo de números no fuera ya suficientemente complejo, el hecho de que una inversión aparezca recogida, negro sobre blanco, en los supuestos papeles oficiales que realiza cada ministerio no implica, ni mucho menos, que ese gasto o obra se vaya a realizar.
A estas alturas, si se suman las cantidades consignadas al AVE gallego desde que apareció por primera vez por la Carrera de San Jerónimo, la cifra resultante sería suficiente como para unir Santiago con Vladivostok a través de un tren monorrail de levitación magnética y con trazado de ida y vuelta.
Es decir, que se ponen muchas cantidades que al final se quedan en las arcas del Estado sin que al mandatario de turno no se le caiga la cara de vergüenza por utilizar un documento oficial para mentir de forma descarada a los ciudadanos.
Por eso, cada vez aburre más esta ceremonia de la confusión que suele coincidir, poco más o menos, con la vuelta al cole, en la que, a base de facilitarnos cifras, consiguen que todos nos quedemos como estábamos, cuando no un poco más perdidos, sobre todo tras descubrir que dos más dos no tienen por qué ser cuatro.

Cuando dos más dos no son cuatro