Palo a la dactilocracia en el ayuntamiento

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RECONFORTA saber que Iago Martínez, el Rasputín de Teis, es un tipo clarividente. Tendrá la cabeza permanentemente al servicio del mal, pero desde que aterrizó en el ayuntamiento sabe muy bien lo que hay en María Pita, que no es otra cosa que un cuerpo de funcionarios infestado de orcos. Y reconforta también saber que participa de sus ideas un pilar de la Marea, nasía pa’ganá, como Xiao Varela, responsable de la Concejalía de Paseo de Bicicletas –camina por la calle con una como quien lleva al perro a hacer sus necesidades, pero jamás se le ha visto pedaleando–. Al pasar hace menos de dos meses por la comisión de Transparencia para declarar sobre la compra de los dos pisos a un abajo firmante, aseguró que si había algún error, o sea, irregularidad, era culpa de los funcionarios. Pero no solo los empleados públicos rasos son seres perversos, resulta que el concello está colonizado por personas en situación de comisión de servicios; mejor dicho, estaba colonizado porque la justicia acaba de anular más de 160 nombramientos. Reconforta que sean unos profesionales y no unos aficionados quienes digan que ya está bien de dactilocracia –gobierno del dedo–. No toda la responsabilidad es de los mareantes, es verdad, pero también lo es que venían a acabar con las prácticas perversas.

Palo a la dactilocracia en el ayuntamiento