Pánico digital

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Encender el ordenador es una suerte de ruleta rusa. Cada inicio de sesión, una vuelta del tambor del revólver. La bala cargada, dispuesta para salir disparada en cualquier momento. Nos familiarizamos con los términos y los repetimos en un discurso aprendido de carrerilla, sin tener la menor idea de lo que enunciamos como verdades universales. Confiando en que los que nos escuchan tengan tan pocos conocimientos de troyanos, gusanos y bombas lógicas como nosotros. Y ningún interés en que profundicemos en el tema. Lo malo es que las amenazas se multiplican a una velocidad que nos hace plantearnos volver a la máquina de escribir y el telegrama.
Hemos oído a un amigo que sabe de informática –todos tenemos uno, y si es autodidacta confiamos en él como en un gurú– que lo preocupante no son los virus, sino los ataques con los que esos tipos a los que imaginamos en un sótano oscuro atestado de pantallas se hacen con el control de tu portátil. Y sin que nos demos cuenta –no hay más signos que el hecho de que quizá vaya un poco más lento– un buen día nos encontramos con que nuestro ordenador ha participado en una acción contra, por ejemplo, el Ministerio de Defensa. Mientras nosotros etiquetábamos fotos en Facebook. Teníamos un zombi en casa sin sospecharlo.
Nuestro pánico digital en este punto ya es notorio. Y llega a cotas inimaginables cuando nos hablan de ese agujero de seguridad que afecta a la mitad de la red de internet de todo el planeta. Somos incapaces de imaginar cuántos millones de equipos son esos. Resulta que los que se dedican a las maldades cibernéticas pueden hacerse con la información que enviamos cuando realizamos una transacción bancaria vía web o enviamos un email. O eso hemos entendido. Tal desastre mundial provoca la necesidad de la actualización de los servidores que contienen los datos, el cambio de cuantas claves se puedan utilizar y la emisión de certificados nuevos. Eso de entrada.
Con la ansiedad disparada mientras repasamos mentalmente cuánto pueden robarnos, –intimidad, dinero, identidades…– nos enteramos de que hay quien sospecha de la existencia incluso de grupos organizados, agazapados contando los días hasta que las empresas dejen de dar soporte a los sistemas operativos. Y abran la puerta de nuestros ordenadores a quien quiera entrar y llevarse lo que le apetezca. Como ahora Windows con el XP.
De la noche a la mañana estamos condenados al tormento eterno de sentirnos expuestos. Mejor vivir en la ignorancia. Digital.

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