El estilo único de Iris Schomaker

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La galería Vilaseco Hauser se cubre desde ayer de figuras sin rostro. Geométricas. Personas retorcidas a lo largo de composiciones que parecen collages, pero que la alemana Iris Schomaker saca de su sombrero a golpe de esponja. Y es que sin pincel y con una cinta que marca las líneas rectas de los cuerpos, el mensaje es todavía más claro. La artista acude a la acuarela, al guache o acrílico y cubre todo con barniz.
Utiliza el papel como soporte porque le da “ligereza” al asunto y “uno lo puede enrollar y llevarlo debajo del brazo”. El cuadro descansa desnudo y sin marco en un hábitat donde el espectador se mueve a gusto. Ella se encarga de que conecte de manera directa con su pintura. Sin ningún cristal que haga de barrera y con la reflexión como bandera. En cuerpos que siendo figurativos, respiran también de lo abstracto.  A tamaño casi real.
De esta forma, el protagonista es más protagonista. Reflexiona. La mayoría de las veces, leyendo. Algo que tampoco se define porque los libros son como pantallas en blanco con los que la figura se protege: “Marcan la distancia entre el mundo real y el personaje”. En el colo o en otra parte de la composición, puede entrar un tercer elemento. Se trata de un animal que tampoco tiene expresión, pero que a primera vista parece doméstico. Todo lo contrario. Son zorros. Iris los elige para romper con la escena. El espectador se mosquea porque el bicho salpica de surrealismo el resultado y el título de la exposición “Being a person” cobra sentido.
Dice la creadora que no siempre pinta personas. También se recrea en paisajes y otros animales con el denominador común de que todos tienen una simbología. En esa intención de retratar el pensamiento: “No me centro en una montaña sino en crear una atmósfera”, que sea capaz de acercar mi obra al curioso. Esto se consigue, añade, en formatos grandes. En los pequeños, Iris explora con ciertas cosas, pero las amplias superficies facilitan la comunicación y hacen que nadie se despiste igual que cuando usa las cintas para que los golpes de esponja no se desvíen de la línea.
Explica que en todo momento está pensando en el observador y reconoce que los artistas pecan muchas veces de lo contrario. Se olvidan de quienes ven su arte. Ella de quien se olvida es del comprador, sobre todo, del que quiere enmarcar las piezas, comenta entre risas. En la muestra, uno puede comprobar que sus obras no tienen fondo. Todos los elementos se asoman a la superficie. Por eso, tienen la misma fuerza. Después están los colores, que no sobresalen. Aquí todo descansa en armonía. Nada prevalece sobre lo demás. Solo la reflexión y la interioridad del personaje, que salen a la palestra sin titubeos.
Hasta el 12 de diciembre, el centro de la calle de Padre Feijoó convive con un talento alemán que pinta al género humano de tal forma que “uno se puede reconocer en él”. Potencia la parte contemplativa y la pone en bandeja para que el espectador la mastique. Al igual que sus paisajes, sus personitas transmiten sosiego y calma. Ellas entran en las colecciones públicas y privadas de todo el mundo. Su estilo único se  puede disfrutar en Berlinische Galerie, el Berlin Deutsche Bank Sammlung o la Frankfurt am Main Kunsthalle Recklinghausen.

El estilo único de Iris Schomaker