Reportaje | El descrédito político e institucional minó sus ilusiones

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Quizá entrar en el Ofimático sea la mayor prueba de paciencia que han vivido hasta ahora porque la mayoría llevan diez años esperando por un piso. A día de hoy, se pelean con Naturgy para conectarse a la red. Faltan sobre el papel tres trámites más, pero ellos han decidido no pensar y aguantar. Aguantar y no pensar

ISABEL (COFUNCOVI)

Isa y Manuel llevan cuatro años en un piso que pensaron sería de transición, pero su pequeña Martina ya corretea por el. Después de diez años esperando por el del Ofimático, “demasiado tiempo”, Isa esquiva las preguntas de la gente como puede. Le remueven el estómago porque “es contar la misma historia una y otra vez”. Agota. La cooperativista ya no tiene ilusión alguna en trasladarse. Son inmunes a las noticias que salen en la prensa. Les producen indiferencia y si no las ven mejor: “No nos creemos nada”. Su hija va al colegio a las Jesuitinas un poco “por si nos dan la casa que no tengamos que cambiarla y sea más cómodo”. En el trastero duerme parte del menaje. Son demasiadas idas y venidas. Hace meses que no preguntan porque “primero te mosqueas y te enfadas, luego caes en el apatismo”. Hubo un tiempo en que pensaba cómo lo iba a decorar. Hoy pasa de largo ante los catálogos del Ikea.

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JOSÉ RAMÓN (COFUNCOVI)

Se puso al frente de Confuncovi por la baja de un socio y por una forma de ser que le hace involucrarse. Tanto que desde 2009 le dedica un par de horas mínimo al tema, hubo épocas en que fueron muchas más. En todo este tiempo, el edificio de sindicatos se convirtió en un escenario de su vida, donde convoca a la gente a las siete, pero no se van hasta las once y pico. Hay muchas preguntas que responder: “Ahora mismo lo que quieres es acabar, no solo por ti, por los que están detrás”. De todo esta pesadilla, recuerda con más tensión cuando el Ayuntamiento se cuestionó paralizarlo: “Los socios respondieron, queríamos estar en el polígono y el mensaje caló en la clase política”. Para José Ramón, “lo más sorprendente es que nadie tiene responsabilidad. Se les llena la boca cuando dicen de protección oficial y después son ellos mismos los que los convierten en normales por los sobrecostes añadidos”.

 

RUBÉN (COFUNCOVI)

Sus padres vieron hace diez años un anuncio en el periódico y asistieron a la primera asamblea. El proyecto les entusiasmó. Buena zona, un piso riquiño y en el plazo para poder rentabilizar su cuenta vivienda. Rubén tenía entonces veintipocos años. Hoy, él y su mujer Rebeca siguen en un piso de alquiler, que contemplaban como de paso. Es más, se plantearon esperar a decir el “sí quiero” sobre suelo ofimático y cuando desistieron y se vistieron de novios hace tres años pensaron en enseñar el vídeo de la boda a modo de inauguración del piso. Tienen el sofá durmiendo en un negocio. No son los únicos, los de la mueblería aseguran que tienen enseres ofimáticos desde hace más de un año. Rubén achaca el retraso a todos “estos últimos igual porque las obras salieron un año y pico más tarde. Con Fenosa en vez de hacer gestiones previas por el tema de las torres, sabiendo el problema, lo dejaron para después”. 

 

LAURA (PARQUE OFIMÁTICO)

Laura se levantó de un Dillo Ti en mayo de 2017 y le preguntó a Ferreiro para cuándo. El alcalde se excusó. Le dijo que lo sentía. Ella le contestó que no estaba ahí para eso. Estaba para resolver. Entonces aún tenía fuerzas para patalear, quizá porque Valentina venía de camino y quería darle la bienvenida en un piso cómodo. Para cuando la niña nació, Xiao Varela había pronosticado el final de las obras de urbanización porque aunque el contrato estaba por seis meses, en la práctica serían tres. Fueron doce. Luis, Laura y Valentina viven en un apartamento de 50 metros cuadrados esperando. En verano, Hacienda les reservó otro atranco, tienen que devolver todo lo que dedujeron por la vivienda. Antes fueron A Carnocha y Cofuncovi, que alegaron lo que pudieron y más por hacerles ver que el retraso era por causas ajenas. Son 12.000 euros, los intereses de tres préstamos, 400 de alquiler y 10.000 anuales de seguridad. Sus electrodomésticos ya no tienen garantía. Ellos ya no tienen esperanza.

 

MARTA (COFUNCOVI)

Lo ve todos los días cuando vuelve del trabajo. Ahora que está iluminado, la vista se le va y localiza su tercero A. Es como un cementerio de edificios muertos en vida. Marta dejó hace tiempo de pensar, es lo mejor, pero su subconsciente le traiciona y vuelve el tema a la cabeza. Sabe que faltan tres trámites, el ok de Industria para conectar el edificio a la red, la calificación definitiva de Vivenda y la licencia de primera ocupación. En Cofuncovi, llevan desde agosto peleando con Fenosa. Xiao Varela dice que tiene los permisos preparados para darlos inmediatamente. Se lo quiere creer, pero algo le dice que siga sin pensar. Son muchas las comidas de Reyes, donde ella ejerce de anfitriona, en las que aúpan la copa de cava para que la siguiente sea en el Ofimático. ¿Habrá otra más?, se pregunta. Su vida está actualmente paralizada “por la burocracia y la ineptitud política de todos porque el proyecto se hizo mal, pero aún haciéndolo mal lo dejaron pasar y para cuando reaccionaron, volvieron a demostrar su ineficacia”.

 

Reportaje | El descrédito político e institucional minó sus ilusiones