Reportaje | La arquitectura de González Villar languidece a medida que su obra se halla más lejos del centro coruñés

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Forma con Antonio Tenreiro (autor del edificio del Banco Pastor) una pareja de élite que llevó la arquitectura gallega a la contemporaneidad, a través del racionalismo y del expresionismo.
Ejemplo del reconocimiento y respeto que se ha ganado en la ciudad de A Coruña es el extremo cuidado que recibe por parte de las instituciones, entre ellas el Ayuntamiento, una de sus creaciones más emblemáticas: el Kiosko Alfonso.
También el paso del tiempo, al menos en su fisonomía externa, ha respetado trabajos como la Villa Molina, en Ciudad Jardín, o la Casa Molina, en plena zona noble del Parrote.
Sin embargo, a medida que se acrecienta la distancia con el corazón de la ciudad la obra de este arquitecto, nacido a finales del XIX, languidece. 
El primer “latigazo” se recibe al cruzar el puente de A Pasaxe,.y  se contempla como la Casa Carnicero está repleta de pintadas. Eso, y el color de sus cuatro fachadas, al igual que el estado de abandono de la cubierta, precisan que alguien valore la posibilidad de rehabilitar una vivienda particular que ha soportado unas vicisitudes muy diferentes a las de su “hermana”, el chalé Rialeda, situada también en Perillo a escasos cien metros.
Limiñón 
Otro ejemplo de evidente deterioro, por no decir completo abandono, se encuentra en la parroquia abegondesa de Limiñón. Allí la naturaleza se ha adueñado de una pintoresca casa de campo que González Villar construyó para disfrute de su familia.
Un deslucido cartel, que reza “se vende”, deja bien a las claras que nadie por ahora se siente atraído por devolverle la más que segura belleza que desprendía cuando se construyó en 1912.
Ruína total es, asimismo, la que presenta la llamada la Fábrica de la Luz. A orillas del río Mendo, llama poderosamente la atención que este edificio, que ha perdido gran parte de la cubierta, se encuentre en tal estado cuando se ubica en el otro municipio donde más se respeta la obra de este artista: Betanzos.
Una opinión de lo que puede estar pasando para tanta dejadez, privada y pública, la expone el especialista en Urbanismo y concejal en el Ayuntamiento de Cambre, Juan González Leirós.
“Un edificio para que se mantenga tiene que tener utilidad. Y esto habitualmente solo lo pueden ofrecer las administraciones públicas o las entidades privadas con recursos. Si no, la mayor parte se ven abocadas al abandono”, afirma el edil.
Un criterio de experto que, por lo dicho, también se podría aplicar a otra obra “desamparada” pero, sin embargo, no olvidada: el sanatorio de Cesuras.

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