Ángel Rueda | “No queríamos un festival gigante, sino generar una base que nos devolviese la ilusión por el cine”

El codirector habla de la importancia de trabajar juntos por llevar el cine a las aulas | p. puig
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Entraron hace ocho primaveras en la vieja cárcel con una letra y un número, entre paréntesis, haciéndole los honores al formato analógico del que todos se enamoran. Hoy, todos los que pasaron por la mostra le escriben una carta al super 8. Cogen el lápiz y le dedican unos trazos o hablan de su primera vez como cuando Ángel Rueda repasa lo hecho y se coloca en el teatro Colón con la familia Méliès para tocar el principio.

Ocho años ya, que se dice pronto, desde que entraron por la puerta de la antigua prisión.
Parece que fue ayer cuando entrábamos en la antigua cárcel sí, creyendo en la capacidad transformadora que tiene el cine. Abríamos un espacio a la ciudad con historia y viéndolo desde esta perspectiva, algo hemos conseguido. Somos referentes internacionales en A Coruña y esto es una muestra de que no está todo inventado.

¿Cuál fue la clave para que el proyecto se consolidase?
Es un formato inédito en España, que despierta mucho interés y atractivo. Este año vinieron 50 invitados y la gente acude con ganas de descubrirlo y a inspirarse. Estamos satisfechos del trabajo bien hecho y a fuego lento porque desde el principio tuvimos claro que no queríamos un festival gigante, sino generar una base sólida para desarrollar un proyecto que nos devolviese la ilusión por el cine y la cultura cinematográfica.

Del que solo se ve una parte.
Sí, el cine es como un océano en el que hay muchas cosas por descubrir y del que se enseña solo una pequeña piscina. Tiene cosas inéditas y otras para redescubrir como cuando la semana pasada viajamos a uno de esos locales del Berlín de los años 20.

¿Cuánto de importante es recordar los orígenes del género?
La cultura cinematográfica implica enseñar cosas que se han ido enterrando. Proponemos temáticas para abordar conceptos que tratamos de manera global y hacemos participar a autores de todo el mundo.

De las primeras ediciones a hoy, el foco ha ido cambiando.
Sí, porque con tres ediciones, creímos que habíamos hecho una declaración de intenciones, y tratamos de internacionalizarlo. Trabajamos con embajadores y quisimos ser el foco de países. Ahora que estamos consolidados, queremos ser bandera por nuestras propuestas innovadoras.
 

De ahí, lo de ahondar en conceptos generales.
Hay una serie de pilares que se diluyen por la masificación: uno es la luz, por eso lo de dedicarle una edición al impresionismo, sobre todo, al tratamiento de esa luz, y otro, es la propia imagen. El found footage se autoalimenta del propio cine. Muchos ni siquiera filman, sino que buscan en los archivos, reciclan para mostrar la potencialidad del cine a través de cosas como el montaje. Desarrollamos divulgativamente esta corriente, trajimos a cineastas y enseñamos sus trabajos.

Una de las novedades de este año fue dar un paso más y entrar en los colegios.
En el proceso teníamos claro que el futuro está en la generación de nuevos públicos y en no acomodarse en las propuestas de cine, sino dar opciones educativas desde pequeños a adultos. Este año tomamos las riendas y hemos entrado en las escuelas para que tengan experiencias colectivas de proyecciones porque nunca ven pelis a oscuras, lo hacen todo por internet.

La parte didáctica también se ha extendido al programa del festival.
En esta edición, todos los directores han dado una clase magistral y la sección formativa se ha multiplicado por tres o por cuatro. Todas las mañanas ha habido un taller o una conferencia. El festival tiene que apoyar a los autores, de ahí que este año respaldemos una pieza que realizará en el centro de Toronto. Seremos promotores de cineastas y en septiembre haremos una convocatoria abierta para tratar de proyectar lo de dentro hacia fuera.

¿Cuáles serán las prioridades del jurado a la hora de seleccionar el proyecto ganador?
Sobre todo, se va a favorecer el cine de autor e impulsar la curiosidad de los jóvenes por los procesos tradicionales. Sé que nos va a gustar mucho que se trabaje en super 8 o 16 y sería lo lógico. De hecho, los talleres que ofrecemos en formatos analógicos son una oportunidad para trabajar con ellos por primera vez. La beca es un impulso porque aquí no se buscan objetivos sino oportunidades. No tenemos grandes metas, solo nos planteamos ser un punto de inspiración y encuentro.

¿Cómo fue la experiencia en las aulas?
Increíble. Algunos profes pensaron que los niños no se iban a callar, pero fue apagar la luz y encender el proyector y sí que se callaron, además que generamos un debate posterior sobre qué película les gustó más. En el programa Eurodocs, se pretende hacer hincapié en el cine documental, para el público maduro e infantil. Por ejemplo, los pequeños pudieron ver una peli sobre un holandés que cambia de colegio, que vivieron en primera persona. Queremos que haya más contenidos en las escuelas, no solo como una parte didáctica. También dentro de las asignaturas como un programa escolar.

¿Qué función tiene el cine en la actualidad en medio de la maraña de formatos a los que tienen acceso los pequeños?
El cine es una herramienta para que puedas elegir, para tener criterio y hablar sobre lo que ves. Se pasó del siglo XX, donde era un entretenimiento al planteamiento actual, donde el cine genera otras realidades, tu propia identidad.

¿Están las instituciones concienciadas con el tema?
Hay un problema de aplicación de políticas. Vamos a una velocidad increíble. Hay mucho que hacer en planes educativos y cómo estar entre la imagen, internet y las redes. Falta reaccionar institucionalmente ante esto.

¿La burocracia no va al mismo ritmo que impone la sociedad actual?
No es fácil, hay que consensuar y trabajar mano a mano. Igual que antes fue la era de las instituciones y los estados, hoy es de la gente. Por eso, es necesario que colaboremos entre todos, nosotros como asociación independiente, aunque buscando apoyos de la institución, optamos por juntarnos al estar más en contacto y en diálogo con movimientos asociativos.

¿Cómo se involucró en todo este tiempo la ciudad con la mostra?
Sería absolutamente imposible alcanzar las ocho ediciones sin ella. Estamos orgullosísimos de darle forma en la ciudad en la que vivimos. Si fuera algo de amiguetes, no tendría continuidad. En A Coruña nos encanta recibir a gente de fuera. Se pierden llevando a la gente de aquí para allá. Aparte de involucrarse con el festival, es un sitio idóneo. Estamos viendo trasatlánticos todo el rato, como ciudad portuaria siempre nos ha gustado mezclarnos y esto lo único que afianza es esta tradición. Se cumple el dicho de que es la ciudad en la que nadie es forastero porque los invitados no paran de decir que todo el mundo les da conversación.

Si tuviera que elegir tres momentos de estos ocho años, ¿cuáles serían?
Las galas. La de este año nos dejó sin aliento: el marco, la Sinfónica y la partitura de José Torres. Después con la lírica, nos dio un vuelco al corazón. A nivel cinéfilo, en 2013 cuando conseguimos que viniera la familia de Méliès, que sigue perseverando en la memoria de su bisabuelo. Su propia familia narrando en directo... Eso nos puso en contacto directo con los orígenes. También la presencia de Peter Kubelka, uno de los grandes pensadores del cine contemporáneo y el único con una cátedra de cine y comida. Así que lo tuvimos seis horas y media cociendo un pulpo gallego, y cuando le echaba pimentón decía que nevaba en A Coruña. Son momentos épicos al ver cómo trasladó su teoría a la comida gallega.

Ángel Rueda | “No queríamos un festival gigante, sino generar una base que nos devolviese la ilusión por el cine”