miércoles 21/10/20

Reportaje | Los retratos de un joven capaz de dibujar lo más complejo

Javier o 21 cicatrices, según esté haciendo qué, es artista, químico, pero sobre todo, una mente despierta que enseña en sus retratos una lección de física, la de las integrales del camino, y otra de vida, que va en la actitud

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Sus piezas responden a la técnica de no levantar el pilot del papel | javier alborés

Es químico, aficionado a la física y amante del jazz y del blues, también un gran jugador de ajedrez, pero, sobre todo, un joven agradecido porque 21 cicatrices, que es como se hace llamar en el plano artístico, hace referencia a las 21 operaciones que a los diez años le permitieron seguir vivo para regalar al resto lecciones como las que hoy reparte en el Café de Macondo con “Garabatos”. 
Su colección de retratos se sale de lo de siempre. Es John Coltrane rodeado de niños y de ancianos porque los primeros le gustan porque son sinceros y expresan sin más. De los otros se queda con su cara gastada. Es la cara de la experiencia que recorre sin levantar el pilot del papel y esa técnica la discurre como respuesta a una teoría, la de las Integrales del Camino, de Richard Feynman, “que dice que cuando una partícula va del punto A al B, en vez de seguir las leyes de Newton, su camino es el sumatorio de varios y el más recorrido por probabilidades es la realidad”. 
Así que sus pequeñas realidades son caras de trazos curvos o rectos, según lo que la física determine, y con un efecto derruido: “A partir de distintas líneas hago un rostro”. Con esta ya lleva seis muestras y en ninguna repite técnica. Se fue de lo digital a los lápices de colores y acuarelas y en todas, la intención es la misma: enseñar. Enseña teoremas desde siempre con ejemplos visuales que lo hacen más fácil. 
Cuenta Javier que cuando el profesor le mandaba despejar una ecuación, llegaba a la “x”, “pero al lado le ponía algún dibujo explicativo”. Algunos no los compartían porque eran demasiado obtusos. Sin embargo, los había que lo llamaban al encerado como apoyo a sus explicaciones: “Para mí el arte tiene una función útil y para mí esa función es didáctica”. Desde niño entiende las materias dibujándolas, “no era capaz verbalmente” y optó por mezclar números con gráficos. 
En su momento, se ayudó de un peón del ajedrez para representar el principio de incertidumbre de Heisenberg. Tiene escritos pequeños ensayos y no descarta publicar un libro. La vida le asignó un papel, el de simplificar lo complejo con croquis que pasan de la física a la filosofía. En su Facebook, 21 cicatrices no cuelga fotos de gatitos. Sus publicaciones son temas que le interesan y que refuerza con dibujos porque “de nada sirve tener una gran idea si no llegas al gran público”. 
Él tiene la fórmula. Le saca punta a su don de interpretar lo difícil y pensando y haciendo “nunca dejas de aprender”. En el local de San Andrés, los coruñeses pueden conocer una parte de un todo que tiene 29 años y camina con bastón: “Soy un House”. Y a ese pasado duro vuelve a veces para coger fuerzas y convencerse de que sí se puede. Él ha podido siempre.

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