La culpa, de La Gioconda

Qué podría hacer La Gioconda en favor de una alimentación sana? Y los camioneros españoles que transitan por Francia, ¿pueden atender las reivindicaciones de los agricultores locales? Ni la Mona Lisa de Leonardo ni nuestros arrieros motorizados pueden, como parece obvio, hacer nada al respecto, y, sin embargo, ambos están sufriendo las peores iras de una situación inflamada.


La moda de atacar obras de arte so capa de alertar con ello sobre el cambio climático o de denunciar lo que sea, es no sólo ridícula, sino contraproducente. Si lo que pretenden quienes agreden los frutos del mejor desempeño humano es llamar la atención sobre el mensaje que desean trasladar, yerran, pues lo que se traslada es el acto vandálico y no el mensaje, pero es que no queda ahí el dislate, sino que, en el caso de que alguien se entere de lo que pretenden comunicar los autores de semejante barbarie, lo más probable es que ese alguien cobre automáticamente antipatía por la causa defendida de manera tan burda y tan salvaje.
No, La Gioconda no puede hacer nada para complacer a las chicas que el otro día le arrojaron una sopa, y los camioneros españoles tampoco para satisfacer las demandas de los agricultores franceses, alguna de las cuales, por cierto, es tan poco edificante como la de que se supriman leyes de protección medioambiental. A nuestros camioneros se les obstruye la circulación y, en algunos casos, se les quema el vehículo o la carga, pero los atacantes, como las agresoras de La Gioconda, también yerran: no son nuestras mercancías las que lastiman sus intereses, sino las que masivamente se importan de terceros países y que desplazan de los anaqueles a las francesas y a las españolas.


A La Gioconda le han hecho de todo desde que se halla en el Louvre, desde tirarle piedras a robarla, pasando por arrojarle tartas o ácido, y a nuestros camioneros en Francia a cada tanto, de todo también, y ante la pasividad de la Gendarmería y de la diplomacia española. Quizá nuestros admirados vecinos debieran ir pensando en controlar un poco las expresiones de sus conflictos internos.  

La culpa, de La Gioconda

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