Caperucito y la loba feroz

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La vicepresidenta segunda del gobierno y ministra de trabajo ha ido a visitar al Papa y se han oído rasgar albas y casullas en todas las orientaciones del orbe ideológico, acusando, enfáticos: es comunista. No contentos, lo gritan, como si en verdad lo fuese. Porque ella, quede claro, es comunista sí, pero no al modo de las cerradas filas del papado, sino de un pretérito de frente amplio, y en esa amplitud va, si se le antoja, a visitar al Papa de Roma o al príncipe de Mónaco. Además, el Papa no es un criminal, es un jefe de Estado, el de Dios, y en esa medida, pequeño, como lo son todos los paraísos fiscales, tiendas obispales, bancos ducales y casinos principescos.


La oposición en esta cuestión se ha mostrado de su talla, minúscula (sin llegar a la rentabilidad de tales engendros). Porque, digan lo que digan, el viaje de la vicepresidenta es de Estado, alguien tenía que ir a decirle al Papa que lo de romper los acuerdos con la Santa Sede era una broma electoral, en todo caso una inocente muletilla ideológica para distinguirse inter pares marxistas en el día a día de su acción redentora y recolectora de votos. Y a la vez, que no es menor la cuestión, solucionar lo de los colegios concertados. Y qué mejor para tranquilizar al Papa que el todo poderoso símbolo del proletariado personificado en una comunista, declarada, acordada y concertada, como Dios manda y como lo es todo aquello que nos une a La Santa Madre Iglesia.

Caperucito y la loba feroz