Botellones violentos

|

"Lo que encontramos los fines de semana es un caos, cientos de personas en las calles sin guardar distancias de seguridad y bebiendo, bares que no cumplen los aforos…”, dice Luis Val, presidente del sindicato de policías municipales de Sevilla. Este ayuntamiento tiene identificados 50 puntos donde los jóvenes se reúnen para beber, a los que hay que sumar las fiestas en viviendas y apartamentos turísticos.


El fenómeno del botellón no es exclusivo de Sevilla. Reapareció durante el verano en ciudades de Cataluña, Navarra, País Vasco, Castilla, Valencia y en varias zonas de Galicia con tanta intensidad que desbordó a las autoridades de las ciudades y de los ayuntamientos, sobre todo en las localidades de veraneo.


El botellón ya era un problema social antes de la pandemia, pero el elemento diferencial de estas concentraciones para beber en parques, playas, plazas o aparcamientos públicos es su violencia extrema que protagonizan grupos organizados que después de beber abuchean, insultan y agreden a los agentes lanzándoles objetos contundentes y destruyen todo lo que encuentran en su huida. El resultado son contenedores quemados, comercios asaltados, coches destrozados, mobiliario urbano arrasado, varios policías heridos y pocos “bebedores” detenidos.


Toni Castejón, portavoz del Sindicato de los Mossos, denunció que se sienten desamparados. A partir de la una de la madrugada jóvenes y turistas no tienen a donde ir, se organizan en botellones y su diversión es lanzar piedras y otros objetos a la policía “porque saben que no hay consecuencias. No tenemos medios ni efectivos para esta guerra”.


Hay un incremento sostenido y significativo de la violencia juvenil en los últimos años, dice el profesor de la USC Antonio Rial Boubeta. “Tenemos un grave problema como para empezar a preocuparnos”, señala este experto en análisis del comportamiento de los jóvenes, y carga gran parte de la responsabilidad a las familias por educar de manera permisiva y proteccionista, con pocas obligaciones y normas en un contexto de caída de los referentes de autoridad.


El alcohol y las drogas hacen el resto en jóvenes criados en la abundancia y en un ambiente de hipertrofia de derechos y atrofia de deberes que no tienen interiorizadas normas ni principios de autoridad y se ponen el mundo y la noche por montera.


“Nunca debió suprimirse la mili”, decía un paisano al ver estos desmadres. Una estancia en los cuarteles, además de “desasnar” a muchos muchachos, educaba, enseñaba disciplina, respeto a la autoridad y cumplir la ley. Muchos padres pagarían ahora para que sus hijos pasaran unos meses en un cuartel haciendo un “curso práctico” de educación para convivir en sociedad.

Botellones violentos