La política va de guapos/as

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Si miramos atentamente, nos daremos cuenta de que son ya pocas las excepciones en las que políticos de más de sesenta años ocupan puestos de relevancia en los gobiernos. El tremendo relevo generacional, por ejemplo en el PSOE, afecta incluso a personas jóvenes que han consumido ya unos años en un puesto: la política española es una máquina de triturar gente, un ansia continua por rejuvenecerse a sí misma, al menos en los rostros.

Quizá haya llegado la hora de plantearse muy en serio si la mudanza de caras no debería ir acompañada forzosamente de un progreso en las ideas y en las acciones que sigan a tales ideas: un cambio que consista en algo más que en jubilar anticipadamente a unos para promocionar, quizá no menos prematuramente, a otros.

Sabemos bien que Pedro Sánchez –insisto: es un ejemplo más, aunque el más notorio– da mucho valor a las cuestiones digamos ‘cosméticas’, es decir, que, en este caso que nos ocupa, concede mucho más valor a militantes jóvenes, de aspecto agradable y, en lo posible, de mejor talante que sus antecesores, que a trayectorias sólidas y curriculums –o curricula– académicos brillantes.

Hoy, para ser político triunfante, ser guapo/a supone un plus en la puntuación para que te hagan ministro (y, sobre todo, ministra), portavoz en el Congreso o en el Senado o jefe de Gabinete presidencial. Y no, no me hablen de machismo/feminismo, que eso nada tiene que ver con la cuestión que abordo, mucho más lindante con el marketing.

Palabra de honor que uno, que va cumpliendo sus años, no intenta arrimar el ascua a su sardina, ni actúa en plan envidioso de las cualidades físicas que uno para sí desearía: lo cierto y verdad es que la política europea –y menos, claro, la estadounidense– no circula, en general, por esos parámetros ‘sanchistas’. Las exigencias académicas y de trayecto vital son otras y la ecuación ‘lealtad+belleza=triunfo político’ funciona mucho menos por ahí -aunque funciona, claro_ que por estos parajes nuestros.

Claro que tampoco pretendo criticar a recién nombrados antes de conocerlos por sus hechos: todos merecen esos tradicionales cien días de gracia. Pero lo que sí pienso es que ni la gerontocracia ni el efebismo, así, por principio, producen iniciativas sólidas, fundadas en una cierta experiencia y en el estudio profundo de lo que significa la modernidad. Ejemplos estamos teniendo ya bastantes -y no solo en el Gobierno central- de ocurrencias legales o fiscales que, en el fondo, se trate de impuestos en Madrid, de igualdad de género o de nueva forma en la factura de la luz, sirven de muy poco a la ciudadanía.

La política va de guapos/as