“Patrio, matrio, nazio, fascio, yo”

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A lo largo de este corta primavera democrática hemos desarrollado la malvada habilidad de hacer de ella un instrumento de precisión individual o grupal. Puede parecer que no guarda ciencia, ni exige descaro y paciencia, pero lo hace.


Porque la democracia es un instrumento social de carácter comunitario, quizás el más importante, y, sin 

duda, el más eficaz, porque nos tiene fe en la medida del grado de ingenuidad que soporta al soñar en conciliar las ambiciones individuales con las colectivas, al desear ensanchar su noble corazón hasta el extremo de que quepan en él los de todos, y en su entendimiento nuestros íntimos pensamientos y opiniones.


Es la utopía en ciernes, cabe decir, hecha forma bajo el insoportable egoísmo de nuestros espíritus. Y porque es así de compleja y ambiciosa en el nombre de todos, no es fácil conseguir rendirla a los pies de nuestras personales ambiciones, y lo que es más importante, hacerlo sin que se doble desandando la recta vertical de su espíritu o quiebre en lo esencial de su idea.


Sin embargo, pierde ella el cenit y sacrifica sus ramas más tiernas, en ocasiones, la raíz de su esencia, para satisfacer las ambiciones tribales e individuales de aquellos que no se conforman con vivir en otra democracia que no sea la suya, y lo hace, se entrega sumisa, porque preferimos pervertir su nombre antes que nombrarlos a ellos por sus nombres, autoritarios, totalitarios, racistas, narcisistas, miserables…

“Patrio, matrio, nazio, fascio, yo”