Hay que salir del atolladero

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En medio mismo de la Semana Santa, dos ideas me ocupan y me inquietan sobremanera. La primera consiste en la incertidumbre general sobre lo que puede suceder en el próximo futuro. Y la segunda se refiere a lo que podemos y debemos hacer entre todos para salir de este gran atolladero.


En ese próximo futuro puede suceder cualquier cosa, sobre todo si no nos centramos colectivamente en la salida del trance en que nos encontramos. Lo primerísimo es centrarnos en la búsqueda de proyectos y soluciones para salir del atolladero. Para eso es preciso cambiar radicalmente de actitud y reconducirse por sendas llenas de sensatez y de sabiduría. Ayuso es la primera que tiene que tomar nota.


Para todo ello sería necesario un cambio radical de actitud y la expresión de un deseo colectivo de buscar y encontrar soluciones adecuadas. Para ello habría que empezar por exigir a los principales dirigentes políticos ese cambio radical de actitud, partiendo de satisfacer la necesidad de tal cambio en la manera de conducirse y de comunicarse unos con otros. Es más que evidente que tal cosa tiene que producirse, por encima de cualquier otra consideración, sobre todo para salir al paso de los riesgos evidentes que se corren, por lo que es preciso centrarse en ello sin excusa ni pretexto, pues lo que nos jugamos supera todos los cálculos y todas las expectativas.


Es evidente la necesidad de un cambio radical de actitud de algunos de los principales responsables políticos que todavía no han aprendido la lección de lo que nos estamos jugando con el riesgo de perderlo todo, aunque esta afirmación real pueda parecer una exageración. Hay que terminar con la palabrería e incluso con las contemplaciones. Hasta me da verguenza tener que andarme con advertencias de tamaña envergadura y evidencia. Pero la urgencia del asunto nos obliga a la acción y a evitar la parálisis.


Si todo se va al garete, ya no podremos quejarnos sin caer en el ridículo. Me parece lamentable tener que emplear este lenguaje, pero parece que no hay más remedio que hacerlo así. Yo rogaría a los dirigentes que se comportan de modo irresponsable que abandonen esa actitud y vuelvan a la realidad. De lo contrario, nos estrellaremos y después ya nada serviría de nada y habríamos llegado a un estadio inimaginable, que soy incapaz de describir en estos momentos. Solamente me queda el espacio del ruego de cordura y de sensatez, que hay que situar por encima de todo. 

Hay que salir del atolladero